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Cuenta la leyenda que aquél día don Enrique III rey de Castilla
fue de caza, aún era menor de edad y no debía ocuparse de los asuntos
de gobierno. Anduvo por el monte acompañado de algunos nobles ricamente
vestidos algunos, otros enfundados en sus brillantes armaduras y
armados con ballestas. La jornada fue dura y cuando llegó la hora de
regresar a palacio ya había asomado la luna por los espesos y oscuros
montes castellanos.
Sudorosos se sentaron a la mesa y con gran sorpresa vio como nadie le
atendía, mandó a un paje para que fuera a investigar qué pasaba, al
poco tiempo regresó a presencia del rey y le dijo con cierto
nerviosismo que en palacio no había nada que comer. Don Enrique pensó
que se trataba de una absurda broma e insistió en que ya era la hora de
la cena, pero el mayordomo insistió en que no había nada que servir,
las despensas estaban vacías.
Comprendió entonces el rey que se le estaba diciendo la verdad y que no
había ni un solo bocado que llevarse a la boca. Para no quedarse esa
noche sin cena, el rey mandó coger el mejor gabán de su vestuario y se
llevara a empeñar a la judería para poder sacar algunos maravedíes que
le permitieran esa noche acallar su estómago.
Cuando por fin llegaron las viandas, observó que alrededor suyo sólo se
encontraban el mayordomo y un cocinero, preguntó de nuevo irritado a
qué se debía aquello, y respondieron que como no quedaba ni un maravedí
en las arcas del castillo, los criados y servidores habían cometido la
tremenda felonía (traición) de abandonar el castillo durante la
ausencia del rey en la cacería. El rey entonces comenzó a recapacitar y
pensó que si sus arcas estaban vacías cómo sería entonces la vida de
sus vasallos.
Preguntó insistentemente a su criado, tanta fue su insistencia que le
confesó muy secretamente que los regentes del reino eran como aves de
rapiña para el tesoro real, habían diezmado las arcas y los recursos de
todos los vasallos para provecho propio.
Asombrado el joven Enrique preguntó cómo podía obtener pruebas de
semejante acusación y el criado le respondió que esa misma noche uno de
los regentes daba un gran banquete en su castillo, al que estaban
invitados todos los nobles de la corte.
El rey quedó asombrado de lo que oía, y después de meditar un rato
confió a su criado el deseo de asistir a aquel banquete disfrazado para
ver con sus propios ojos lo que ocurría. Hizo su deseo realidad y al
cabo de una hora se presentó ante las murallas del castillo donde
tendría lugar la fiesta, todo era lujo y alegría y se observaba gran
magnificencia. El rey iba vestido de pobre trovador no encontró
obstáculo para entrar pues los trovadores eran muy apreciados en la
época. Comenzó a tocar su laúd y muchos nobles comenzaron a escucharle
atentamente, su actuación fue magnífica pues el rey siempre había sido
muy aficionado a los cantares y a la música de la época, tanto fue así
que fue invitado a compartir un rincón de la opulenta mesa y allí
comentó que era un pobre huérfano, aunque de ilustre cuna, que apenas
había comido aquel día y que lo peor era que sus tutores dilapidaban
sus rentas dejándole empobrecido y no teniendo más remedio que
dedicarse a cantar y entretener en los banquetes de los nobles y por
las callejuelas de las ciudades de Castilla.
El arzobispo y los demás nobles se indignaron al oír semejante historia
y cada uno de ellos expuso el castigo que a su entender aplicarían a
los indeseables tutores. El rey mientras tanto agradecía con amables
palabras tanta comprensión y poco a poco con la conversación, el vino y
la comida se fueron desatando las lenguas y cada uno comenzó a referir
con grandes risotadas las artes de las que se había valido para
aumentar sus riquezas a costa del joven e inexperto rey.
Tentado estuvo en mas de una ocasión el rey de quitarse las pinturas de
la cara y el ridículo disfraz y darse a conocer, pero se contuvo y
decidió esperar.
Cuando terminó la fiesta, salió del castillo y se dirigió a palacio
pensando entre la prudencia y la furia cómo vengarse de los malos
administradores y corruptos nobles de su reino.
Decidió días después celebrar un banquete y convidar al mismo a todos
los que habían tenido la bondad de invitarle como juglar. Hizo pregonar
por todas partes la suntuosidad de la que iba a hacer gala , de forma
que los nobles quedaron sorprendidos pues pensaban que el rey no
disponía apenas de recursos, así que entre el ansia de un banquete y la
curiosidad acudieron todos en masa. A la hora señalada de la comida
acudieron todos a palacio y allí fueron introducidos en el salón real.
Pero su asombro fue grande cuando vieron que las mesas estaban vacías
ya que en vez de deliciosos manjares sólo había comida sencilla y unos
cuantos trozos de pan con un jarro de agua para cada uno. En la
cabecera de la enorme mesa estaba sentado el rey armado con su armadura
de batalla y con una enorme espada desenfundada. Se sentaron en
silencio y aguardaron a que el rey rompiera con su voz tanto misterio,
comenzaron a comer, aunque a mas de uno se le atragantó el humilde pan
campesino. Cuando terminaron el rey les hizo pasar a una sala donde
había una especie de púlpito y las ventanas estaban tapadas con
crespones negros . Al ver esto los nobles comenzaron a sentir temor. El
rey con enérgica voz comenzó a imponerles a cada uno de ellos el
castigo que hacía unos días habían impuesto para los dilapidadores de
la fortuna del juglar, una vez que hubo terminado, los aterrorizados
nobles que se vieron descubiertos, observaron como decenas de soldados
entraban en la dependencia armados y con ellos un sacerdote y un
verdugo con una enorme hacha.
Los temerosos nobles perdieron la compostura definitivamente y se
arrojaron a los pies del rey pidiendo clemencia, implorando perdón e
incluso llorando de terror al verse muertos con el cuerpo separado de
su cabeza.
El rey tuvo piedad y les perdonó la vida a cambio de que devolvieran
todo lo robado y le juraran eterna fidelidad pues no quería empezar su
reinado con un baño de sangre. De esta forma el rey se ganó el
calificativo de piadoso y justo y el respeto de los nobles que ya
dejaron de verle como a un joven inexperto.

Esta fue la historia de Enrique III de Castilla.
Hay una calle en Toledo, llamada " la
bajada al Pozo Amargo ", que hace algún tiempo tenía en medio de una
pequeña plazoleta, un pozo hoy desaparecido, del que se contaba la
siguiente leyenda.
En la época de la dominación árabe, había un judío de notable
reputación en la ciudad, sobretodo entre la numerosa colonia sefardí
(Judíos españoles). Este judío unía a sus grandes riquezas un profundo
conocimiento de la ley y la religión de Moisés, por lo cual se le
consideraba un rabino y era muy apreciado por todos los de su grupo.
Era viudo, y todo el cariño y atención lo dedicaba a su única hija, una
joven de gran belleza y bondad. Su educación se había llevado a cabo
con todo esmero, y su padre demasiado protector había impedido que se
juntara con jóvenes de su edad que tuvieran una educación o condiciones
inferiores.. Así la joven vivía aislada en su soberbia mansión en donde
pasaba los días bordando o entonando dulces canciones al son de
instrumentos que ella misma tocaba.
Un día en que contemplaba la calle desde la ventana de su casa,
guardada por una celosías, vio pasar a un joven vestido con traje de
cristiano, cuya elegancia y gallardía llamó poderosamente su atención,
desde ese día todas las mañanas fingía bordar junto a la ventana pero
sus ojos buscaban al apuesto muchacho que a caballo pasaba.
Unos días lograba su propósito y conseguía observarle entre la
multitud, otras veces desesperada pasaba horas sin poder verle una vez
mas y se retiraba triste a su alcoba.
Consiguió tras muchas súplicas que su padre le permitiera dar algunos
paseos por los alrededores de la ciudad, siempre acompañada de una
mujer de avanzada edad en la que el padre tenía gran confianza. En uno
de estos paseos pudo por fin ver al joven que enseguida reparó en la
muchacha y se sintió atraído por ella. No tardó mucho en preguntar
quién era y dónde vivía, desde entonces todos los días procuraba pasar
más despacio frente a la ventana de la joven aunque no lograba verla
tras las espesas celosías de la gran casa.
Una mañana, ella decidió comunicarse de alguna forma con el muchacho y
dejó caer por entre las rendijas del balcón un pequeño papel donde con
mano temblorosa escribió su deseo de hablar con él. La misma fue
correspondida días después con otra en la que citaba a la joven en una
callejuela junto al pozo.
Sin duda tuvo que pasar por muchas súplicas y algún engaño, pero
finalmente consiguió poder salir ese día y poder estar en secreto en el
lugar indicado.
La noche era oscura y apenas se oía a lo lejos algún perro solitario o
lejanas pisadas que se desvanecían entre las callejuelas, llena de
temores, ella se deslizó con rapidez hasta el lugar indicado. Allí
estaba él, envuelto en una capa, ambos hablaron protegidos por la
oscuridad y como no podía ser menos tras tantas dificultades se juraron
amor y fidelidad eternos.
Las salidas se sucedieron noche tras noche sin que fuera descubierta,
hasta entonces nadie se dio cuenta, su amor se fue haciendo cada vez
más fuerte, pero ambos temían la oposición de sus familias. Ella era
judía y él cristiano, la convivencia entre ambas facciones era muy
tensa y no estaba bien visto una unión de ese tipo.
La fatalidad quiso que un día sin que se dieran cuenta alguien los
observara desde lejos y los reconociera, era un amigo del padre de la
joven que no esperó demasiado para comunicárselo al progenitor. La ira
del judío al saber que su hija se juntaba en secreto con un cristiano
fue tremenda, montó en cólera y maquinó la forma de sorprender a ambos
y vengar semejante traición sobre su persona y sobre su religión, no
dudaba de la inocencia de su hija y de que todo aquello era culpa de
aquel cristiano que de alguna forma la había engañado.
Aquella noche el padre esperaba escondido en las sombras de las calles
de Toledo, un puñal oculto bajo su capa. No tardó en llegar el joven y
se sentó en la boca del pozo a esperar a su amada. Sin esperarlo se vio
sujeto de repente por un brazo que intentó arrojarlo al interior del
pozo, pero se resistió con energía, cuando iba a conseguir soltarse
sintió un frío que penetraba en sus entrañas, sus ojos se nublaron y
cayó muerto a los pies del judío. Se oyó un ruido, se dio la vuelta y
allí estaba su hija con su pálido y desencajado rostro, había
presenciado los últimos momentos de la muerte de su amado a manos de su
padre, finalmente cayó desvanecida sobre las frías losas de la plaza.
El padre la cogió entre sus brazos y envuelta en su capa la llevó de
nuevo a casa donde ni mimos ni atenciones a lo largo de los días
siguientes la hicieron volver a la normalidad, simplemente había
perdido la razón, había enloquecido...
Una noche en la que el padre entró en el cuarto de la muchacha,
descubrió que no estaba, se descolgó por el balcón hacia la calle,
tanto el padre como los sirvientes se apresuraron calle abajo en su
búsqueda, la descubrieron junto al pozo donde los amantes se juntaban
noche tras noche, pero no pudieron llegar hasta ella, miró la luna
reflejada en el fondo del abismo y se arrojó decidida. Cuando la
sacaron ya no se pudo hacer nada por su vida, estaba muerta.
El suceso conmovió a las gentes de la época de la ciudad de Toledo,
desde entonces aquel pozo se denominó «Pozo Amargo». Hoy ha
desaparecido pero alguna vez he oído hablar de dos figuras que por la
noche se pierden rápidas entre las sombras de las estrechas y frías
callejuelas hasta que finalmente dejan de ser visibles en el centro de
aquella plaza, ahora ya nadie podrá separarles jamás.

Corría el año 1426. Castilla se hallaba dividida en bandos por
rivalidades y odios implacables entre los miembros de la nobleza: de un
lado, el príncipe heredero con sus partidarios, de otro, los infantes
de Aragón, y por encima de todos, el condestable don Álvaro de Luna,
que con sus ambiciosas intrigas y enemistades tenía alterado todo el
reino en continuas luchas y discordias. Poco a poco don Álvaro fue
ganando poder y también la voluntad del monarca, llegando a constituir
una amenaza para todos los nobles, tanto fue así que decidieron
reunirse entre ellos y planear acciones contra el favorito del rey.
El rey era Juan II de Castilla. Ese año se dispuso a celebrar las
fiestas de Navidad con gran esplendor, adornando ricamente sus palacios
y aposentos. En uno de los días de la celebración ocurrió que al bajar
las escaleras de Alcázar de Segovia, uno de sus invitados, Alvar Núñez,
enemigo encarnizado de don Álvaro de Luna, tropezó con uno de los
bufones de Juan II , al que llamaban "Aleluya", haciéndole rodar
escaleras abajo, el bufón se levantó airado y juró venganza....
La fiesta continuó en el Alcázar , donde se habían congregado la flor y
nata de la nobleza castellana, el magnífico salón del trono se
encontraba el rey, y a su derecha el condestable don Álvaro de Luna. La
fiesta había sido dedicada a la danza y a la poesía, de la cual el
monarca era muy aficionado, al final se pensó en llamar al bufón
"Aleluya" para que terminara la fiesta con buen humor.
Era el bufón de pequeña estatura y de aspecto ridículo, su sola
presencia causaba risa y expectación. Todos los presentes comenzaron a
hacerle preguntas a las que contestaba con gran ingenio, sobre quién
era el más valiente o el más generoso de los nobles. De pronto dijo :
-El más desvergonzado de todos es el condestable don Álvaro de Luna ,
que ha llegado a requerir los amores de la reina. El más sabio Alvar
Núñez que sabe todos los detalles y se lo ha contado a todo el mundo, y
el más tonto el rey que lo sabe y no lo ahorca.
El monarca se puso en pie airado por tales palabras, la reina se puso
nerviosa y abandonó el salón seguida de todos los invitados que
alarmados quisieron abandonar el palacio.
Al día siguiente salía el condestable camino del destierro que duraría
año y medio, tiempo que tardó el rey en recapacitar y perdonarle.
Con la vuelta del condestable se dispersaron todos los nobles, algunos
huyeron a Portugal por miedo a represalias, sin embargo pudo dar
alcance a Alvar Núñez que fue el que había sido acusado de ser el
causante de su destierro, le llevó prisionero a su fortaleza (en
Escalona) encerrándole en un calabozo y apropiándose de sus bienes.
Pasaba el tiempo y Alvar Núñez no lograba la piedad del condestable, y
éste tampoco quería renunciar a los bienes que le había expropiado, por
lo que le mantenía prisionero indefinidamente. Sin embargo el
prisionero tenía un hijo llamado Fernán Núñez, el cual decidió limpiar
la mancha de tener a su padre en los calabozos por capricho del
condestable. Decidió liberarle aún a costa de su vida. Vendió todos sus
bienes de su señorío, los cambió por monedas de oro que cargó sobre un
burro, se disfrazó de aldeano y se fue a la que llamaban Venta del
Perote, muy cerca de la ciudad de Escalona. Era aquella el punto de
reunión de los soldados del condestable donde se divertían y
emborrachaban cada noche.
Allí Fernán Núñez hizo amistad con uno de los soldados del condestable
llamado Martín, gracias a él podía tener noticias de su padre
prisionero. Le ofreció a este soldado mil maravedíes de oro si en una
de sus guardias se comprometía a tirarle una escala por las murallas
que le permitieran trepar, llegar a las mazmorras y liberar a su padre
del confinamiento.
El buen hijo, transformado en soldado del condestable y de acuerdo con
el soldado Martín, se dirigió a Escalona, cuando se encontraba al pie
de las murallas del castillo, esperó con ansiedad la escala que
apareció a las doce de la noche. Rápidamente subió por ella sin temor
del abismo que se abría a sus pies. Una vez arriba. como si fuera un
soldado mas, no tuvo dificultades para llegar al calabozo donde estaba
su padre. Allí habló nervioso con el guardián, ofreciéndole otros 1000
maravedíes de oro si aceptaba abrir la puerta de la celda; el soldado
aceptó y abrió los cerrojos de la prisión a Fernán Núñez que con
profunda emoción abrazó a su padre, sin perder tiempo salieron de las
mazmorras, llegaron a la puerta y lograron huir a toda prisa de la
torre.
Sin embargo Martín, decidió que quizá obtuviera otra recompensa, esta
vez del condestable, si daba la alarma y atrapaban a los fugitivos,
sería gracias a él. La campana de alarma comenzó a sonar por esto padre
e hijo se vieron rodeados en poco tiempo por soldados y por el propio
don Álvaro que presenciaba la lucha.
Fernán Núñez entregó a su padre la espada que llevaba al cinto y él
mismo luchaba con una daga. Se hallaban en medio de la plaza de la
fortaleza en cuyo centro se hallaba un ancho pozo. Los dos caballeros
se defendía con gran valor, pero faltos ya de fuerzas iban
retrocediendo poco a poco hasta que se vieron en el borde del mismo
pozo. Allí Alvar Núñez recibió el golpe de una maza en el cráneo y cayó
pesadamente en el profundo abismo. A los pocos momentos el hijo también
caía víctima de las estocadas de los soldados, precipitándose también
al pozo. El condestable, mandó sellarlo con una pesada losa de piedra,
de forma que aquella fue la sepultura de ambos infelices para siempre.
En el año 1853, debido a unas reformas del abandonado castillo,
comenzaron los rumores de unos ruidos que por la noche no dejaban pegar
ojo a los obreros, tanto era el misterio que alarmados, la cuadrilla de
trabajadores permanecieron una noche en vela esperando descubrir el
origen de aquellos gritos. Vieron con espanto que procedían de un pozo
situado en el centro de la derruida plaza. El mismo se encontraba
tapado y sellado con una losa enorme. Entre todos y con ayuda de
palancas lograron desplazar la piedra, en ese momento una terrible
explosión liberó una luz cegadora, todos cayeron al suelo, ante ellos
aparecieron las figuras de dos guerreros que espada en mano subieron
por las murallas y desaparecieron por encima de sus cabezas. Atónitos
permanecieron tirados en el suelo algunos, otros corrieron a refugiarse
en algún lugar. Cuenta la leyenda que eran las figuras de Alvar y
Fernán Núñez que cuatrocientos años después lograron por fin su
objetivo, recuperar la libertad y limpiar su honor.

Sancho de Ridaura (Segovia)
En los primeros años del siglo XIII, existía (y existe) en Pedraza,
provincia de Segovia, un formidable y suntuoso castillo, de anchos
muros, flanqueado de altas torres almenadas y rodeado de un foso, que
hacían de él una fortaleza inexpugnable. Lo habitaba el noble Sancho de
Ridaura, guerrero y señor generoso a quien idolatraban todos sus
vasallos.
En una aldea de sus dominios vivía una humilde muchacha, de gran
belleza, hija de unos pobres colonos, y en una casa próxima habitaba un
joven labrador, trabajador y honrado, que estaba enamorado desde niño
de la muchacha. Juntos habían crecido, confundiendo sus juegos y sus
risas con un profundo e invariable amor.
El señor del castillo vio un día a la muchacha, y quedó ciegamente
prendado de tanta hermosura, tanto fue así que valiéndose de sus
derechos feudales la hizo su esposa, elevándola de su humilde condición
a rango de noble castellana.
Destrozado quedó el corazón del joven al tener que renunciar a su amor,
en su condición de siervo no podía disputársela a su señor, y como no
encontraba consuelo humano, fue a ocultar su dolor en la dulce paz de
un convento. Allí se entregó a la oración y con el amor de Dios fue
cicatrizando suavemente su herida.
Pasó el tiempo, y los nobles castellanos vivían felices. Pero habiendo
muerto el capellán del castillo, el cristiano señor pidió al cercano
convento que le enviara al monje más virtuoso de todos ellos, para
reemplazar en sus funciones al fallecido sacerdote. El abad eligió de
entre todos los frailes, como el más humilde y devoto, al antiguo
adorador de la bella doncella, y le envió sin saberlo junto a ella.
Confusa quedó la misma al reconocer al nuevo capellán, aquel muchacho
de sus juegos infantiles, por el cual sintió un profundo amor y que
ahora tendría que vivir con ellos entre los muros de la fortaleza.
Presintiendo el peligro que supondría el volver a renacer aquellos
sentimientos, procuraba evitarle en todo momento. El por su parte,
hacía lo propio y acallaba sus sentimientos con rezos y fuertes
disciplinas.
Ocurrió entonces la invasión de los almohades, y Alfonso VIII organizó
rápidamente la defensa de Castilla, con la ayuda de los reinos vecinos
y la cooperación de los nobles castellanos, que abandonaron sus
dominios y acudieron con sus tropas al auxilio de la parte de España
que tras cientos de años habían logrado reconquistar.
Partió al mismo tiempo el noble castellano del castillo de Pedraza, que
al frente de sus huestes se distinguió por su heroísmo en todas las
batallas contra los moros, y se llenó de gloria en la de las Navas de
Tolosa, donde los cristianos rompieron las cadenas de la tienda que
protegía al dirigente musulmán e infringieron una gran derrota a los
invasores, estas cadenas se conservaron desde entonces grabadas en el
escudo de España, son las cadenas de Navarra, puesto que fue el rey de
este reino el que las rompió.
Cubierto de gloria, regresó el caballero a su castillo, todos los
vasallos acudieron en masa para aclamar al guerrero victorioso y
rendirle homenaje.
En el umbral, rodeada de sus servidores, esperaba su esposa. El señor,
después de saludar agradecido a sus siervos, atravesó el puente
levadizo y radiante de gozo fue a abrazar a su esposa, que turbada se
desmayó entre sus brazos.
Pensativo y confuso quedó el caballero ante la extraña actitud de su
esposa, e intentó de informarse por uno de sus más antiguos criados.
Supo por él que la intachable fidelidad de su esposa, durante su
ausencia había sido al final empañada por su inextinguible amor por el
fraile.
Al día siguiente, reinaba en el castillo un gran bullicio, el caballero
recibía con fingida alegría las visitas de otros nobles que acudían
para darle la bienvenida. Para celebrar el triunfo se preparó una gran
cena, al banquete estaban invitados todos los nobles del reino.
Llegado el momento, se sentaron a la mesa todos los comensales
presididos por el señor y su esposa. Al final el ilustre guerrero, con
voz elocuente, manifestó que iba a otorgar ante todos el premio
merecido a los servicios excepcionales que en su ausencia se habían
prestado.
El señor dio orden a sus servidores de que le trajeran una corona. Al
momento entraron dos vasallos vestidos con brillantes armaduras,
llevando sobre una enorme bandeja de plata una corona de hierro, cuya
parte inferior estaba erizada de púas enrojecidas al fuego. Los dos
hombres se acercaron con ella al fraile, y el caballero calzándose unos
guantes de acero, colocó él mismo la corona sobre la cabeza del fraile
mientras decía:
-La recompensa por tus servicios.
El fraile, tras agónicos gritos de dolor cayó al suelo. Quiso luego el
caballero dirigirse hacia su esposa pero ésta había desaparecido.
Salieron en su busca y la encontraron en sus aposentos con el corazón
traspasado por una daga.
Los convidados huyeron enloquecidos por el pánico mientras el castillo
envuelto en llamas, proyectaba su siniestro resplandor en el cielo, que
enrojecido sobre toda la comarca, contemplaban todos sus moradores.
Los siglos pasaron, pero aún hoy en día las gentes de aquella comarca
afirman que cierta noche del año en el ruinoso castillo dos extrañas
figuras resplandecientes coronadas por una orla de fuego pasean por las
derruidas almenas, siempre juntas a pesar de su dolor.
Corría el año 1550; el oro venía del Perú en galeones bien custodiados
y acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullo y acariciados por
doradas esperanzas, también llegaban los propietarios.
Uno de ellos,
viejo, corcovado, con los ojos cansados de contemplar tesoros,
desembarca en Cádiz. Era rico, y con el oro pensaba que podía comprarlo
todo: hasta el amor. Se hizo largo el viaje hasta la Villa y Corte,
pues recordaba que su amigo el médico del rey quedó tutor de una niña
encantadora que ahora estaría por los 20 años y soñaba contagiarse de
su juventud contrayendo matrimonio con ella.
Una vez todo dispuesto para la ceremonia, el viejo médico llevó a su
pupila al palacio real. Don Felipe II siempre le había mostrado afecto
y en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial las trece monedas de
oro que habían de servir de arras.
El casamiento se celebró con gran pompa. El anciano esposo había
regalado a la juvenil desposada un magnífico traje blanco, bordado con
perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su
borde, y ocultaba su cara y sus ojos.... enrojecidos por el llanto.
Vino después el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la
saciedad, se tambaleaban en los límites de la embriaguez. Cayó la
tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a
sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el
anciano, pensando en su felicidad, comprada con oro, y a costa de las
lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla... no la encontró.
Alarmado, gritó a los servidores, recorrieron la inmensa casa,
registraron los rincones, repasaron los salones del banquete, sin el
menor éxito, y por último bajaron a los sótanos. Y allí, en el suelo
húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron
echada. El velo de encaje aún temblaba en su frente, el traje de perlas
estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía
el pañuelo bordado, trece monedas de oro a sus pies y un puñal
florentino incrustado con gemas de colores, clavado en su corazón.
Horrorizados se retiraron en silencio el amo y los servidores. ¿Quién
pudo cometer aquello?, aún queda en pie el enigma, sólo sabemos que el
anciano a partir de entonces y hasta el final de sus días todo el oro
que tocaba quedó manchado de sangre, y que por los sótanos de la casa
se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear, como un espectro,
en las altas horas de la noche, a una dulce joven, envuelta en velos,
haciendo tintinear en sus blancas manos las trece monedas de oro que
vendieron su juventud e inocencia.
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