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Nuestra
leyenda comienza en el palacio familiar situado entre Doriga y Moratín, en el
paraje de Sienra.
Allí todo era un bullicio de crios, y hacía poco tiempo que los dueños habían
traído al mundo al protagonista de la historia.
Este niño era tan querido y mimado como los otros, pero un día, debido a un
descuido del aya ( que estaba practicando las artes del flirteo), una osa se
acercó a él y cogiéndola en sus fauces con mucho cuidado se le llevó hacia el
bosque.
La aya, cuando se dio cuenta de la pérdida del niño, se fue para avisar a la
gente del palacio para que la ayudaran a encontrarlo. Estuvieron buscando por
todos los rincones, ríos, cuevas, matorrales.... y cuando ya estaban a punto de
darse por vencidos, uno de los sirvientes más avispado, cruzó a nado el río y
cuando llegó a el otro lado, oyó una especie de ronroneo que procedía de unos
matorrales. Al apartar los matorrales con cautela, pudo contemplar como la osa
daba de mamar al chiquillo.
Cuando el sirviente reaccionó, asustó a la osa gritándola y tirándola piedras
para así poder rescatar al niño de las garras de la osa.
Una vez en el palacio, todos celebraron el regreso del chiquillo y la heroica
acción del sirviente. Los dueños decidieron construir una iglesia en homenaje a
San Salvador en los parajes de Cornellana.
En el monasterio de San Salvador, en el escudo de la fachada, en el de la torre
izquierda de la iglesia, se pueden ver todavía unas pequeñas esculturas donde se
representan la entrañable escena de la osa dando de mamar a un niño.

Un
gran rey tenía un caballo que apreciaba por encima de todo, pero una mañana el
caballo había desaparecido y por mas que le buscaron no fueron capaces de
encontrarlo.
El rey apremiaba a sus vasallos para que encontraran al animal, pero no quería
que nadie le diera la noticia de la muerte del caballo y si alguien osaba a
darle tal noticia lo pagaría caro.
Uno de sus hombres dando un paseo, encontró al caballo muerto y después de mucho
pensar, decidió darle la fatal noticia. Con mucho valor, se acercó a el rey y le
dijo:
Mi señor, el caballu ta echao nel prau. Entren mosques pela boca y salen per
baxu la rau.
A lo que el Rey contestó: Tará muertu.
Como era el rey al que había llegado a esa conclusión del acertijo, no pudo
castigar al hombre que le trajo esa noticia.
Tiempo después, tomando gusto a los acertijos, ordenó encarcelar a un hombre
diciéndole que no le dejaría libre si no adivinaba un acertijo. Los hijos
pensaban y pensaban como podían sacar a su padre de la cárcel. Un buen día
vieron a un pájaro volando con un racimo de uvas en el pico que iba hacia su
nido. Tomaron aquel racimo y lo exprimieron para hacer vino. Con ese vino se
fueron a ver al rey y se lo ofrecieron con el siguiente acertijo:
Tenga mi señor esti vasu, qu'un paxaru hermosu lu truxo del nido.
El rey sin saber descifrarlo, perdonó al padre un año de prisión. Entonces uno
de los hijos, que tenía una yegua preñada, la sacrificó y sacó al potrillo antes
de tiempo, el cual fue criado hasta que tuvo edad de ser montado. Con la piel de
la yegua hizo unas alforjas en las que metía los pies y se fue a ver al rey
montado en el potro diciendo:
Vengo a caballo de quien nunca nació y traigo los pies nel vientre de la madre.
El rey desconcertado no supo descifrar la adivinanza y al final cumplió su
palabra de poner en libertad a su padre.

El conde de Muñazán, Munio Rodriguez Can, era hijo de una noble familia asturiana,
muy bien considerada en toda la región. El conde tenía un carácter muy difícil,
con grandes arrebatos de cólera y un poco dado a la violencia.
Un día andaba por el Bedón cazando jabalíes, cuando de pronto se le vino la
noche encima. Como nadie sabía donde estaba y no había nadie por allí, pensó en
la manera de pasar la noche. Para colmo una tormenta iba aproximándose y no
tardaría en empezar a llover.
Empezó a soltar sapos y culebras de su boca y se puso a caminar. Al rato, divisó
una luz que provenía de una cabaña medio escondida. Se asomó por la ventana y
vió a una joven muy bella con los cabellos rubios muy largos.
El conde sin pensarlo, dió una patada a la puerta y entró en la cabaña. La joven
presa del pánico se defendió todo lo que pudo, tirándole todo lo que encontraba
al paso, hasta que el conde la arrinconó en una esquina. La joven con todas sus
fuerzas se abalanzó sobre él y empujándolo hacia un lado, se escapó por la
puerta y desapareció.
El conde comenzó a perseguirla, pero en vista del mal tiempo y la pereza propia
del conde, optó por volver a la cabaña y echarse a dormir en la cama de la
joven.
A la mañana siguiente, el conde volvió a su castillo de tan mal humor como era
costumbre.
En los días siguientes, volvió de nuevo de cacería y estando en ella, acordóse
de la joven de la cabaña y decidió acercarse hasta ese lugar.
Una vez allí, se asomó de nuevo por la ventana y volvió a ver a la joven, pero
ésta vez no estaba sola, estaba con un joven que acababa de volver de las
campañas del rey.
Y preso de unos horribles celos, cogió su arco y disparó dos flechas, la primera
para ella y la segunda para el joven, y allí quedaron tendidos los cuerpos de
los jóvenes.
A partir del suceso, el conde fue dándose cuenta de la maldad que llevaba en su
interior y según pasaba el tiempo se iba encontrando peor de conciencia, decidió
vender todas sus propiedades, quedándose una pequeña suma, con la que levantó un
monasterio y una iglesia en el lugar donde mató a los dos jóvenes.
Y allí acabó sus días el conde Munio, y la iglesia que dedicó a San Antolín aún
hoy permanecen algunos restos.

De camino hacia Las Navas de Tolosa,
el rey Alfonso VIII de León, llegó a Oviedo, y antes que ninguna
otra cosa, se dirigió a la Iglesia del Salvador, a dar gracias al
Señor por cuanto había recibido hasta ese momento, y a pedir su
divina ayuda, para la gran batalla que se avecinaba.
Después de una larga oración, el rey Don Alfonso se retiró a
descansar, sumiéndose en un profundo sueño.
Bien entrada la noche, un repique de aldabón en la puerta principal
de la Iglesia, alertó a los monjes que guardaban vigilia, pero no
respondieron por creer que quizás al viento o algún desaprensivo
habrían movido la aldaba. Pero al poco rato, de nuevo retumbó el
repique del aldabón. Esta vez un monje se acercó a la puerta
receloso, y preguntó quien llamaba, pero no obtuvo respuesta alguna.
Y de nuevo, un repiqueteo insistente, y a nadie se veía, ni se
escuchaba palabra alguna de respuesta.
Los monjes, asustados, corrieron en busca del Obispo, que de
inmediato bajó a la Iglesia, no menos asustado que sus monjes, y al
siguiente golpe de aldabón, preguntó:
-¿Quién llama?
De lo mas oscuro de la noche, surgió una voz:
-Soy Rodrigo Díaz de Vivar.
Y otra voz;
-Soy Fernán Gonzalez.
-¡Dios mío!-exclamó el Obispo-, ¡si estos caballeros murieron hace
ya mucho tiempo..!
-Así es -respondieron las voces-, pero hemos venido a traer un
mensaje al rey Don Alfonso. Decidle, que en la batalla que pronto
entablará en Las Navas de Tolosa contra los moros, saldrá
victorioso. Nosotros estaremos allí para ayudarle.
Y las voces en la sombra desaparecieron.
Tres días después, el rey Alfonso obtuvo una gloriosa victoria en
las Navas, y muchos caballeros que allí lucharon, dijeron haber
visto durante la batalla a dos caballeros que, montando briosos
caballos y cubiertos con largas capas, acudían a los puntos de mayor
peligro y resolvían la situación a favor de los cristianos.
Durante mucho tiempo, el buen Obispo se preguntó, si habrían sido,
en verdad, las almas de los dos esforzados caballeros las que habían
llamado a la puerta de la Iglesia del Salvador.
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