YINCIHAUA
Leyenda de Tierra
del Fuego
Todos los años en la primavera, las jóvenes mujeres onas se juntaban en una
choza especial, para la importante fiesta llamada “yincihaua”. Acudían desnudas,
con el cuerpo pintado y en sus rostros máscaras multicolores. Tenían gran
imaginación para hacerse hermosos dibujos geométricos, que representaban los
distintos espíritus que viven en la naturaleza. Ellos les daban los poderes que
ejercían sobre los hombres.
Ese día una de las niñas tomó con mucho cuidado un poco de tierra blanca y
empezó lentamente a trazar las cinco líneas que pensaba pintar desde su nariz
hasta las orejas. Las otras jóvenes trataron de imitarla, ya que las figuras en
el rostro eran muy importantes.
La fantasía de cada una se echó a volar y se pintaron de arriba abajo con
armoniosas figuras. Unas a otras se ayudaban, pero para no ser reconocidas, se
pusieron en sus rostros unas máscaras talladas. Blanco, negro y rojo eran los
colores preferidos. En un momento dado, cuando ya estaban todas preparadas,
salieron de la choza con grandes chillidos y mucho alboroto para asustar a los
hombres que las esperaban afuera.
La bulliciosa ceremonia se encontraba en su apogeo y todos daban gritos, cuando
sobre el tremendo ruido reinante se escuchó una fuerte discusión entre el hombre
sol y su hermana, la mujer-luna.
-Yo no te necesito- insistía con altivez la luna.
-Sin mí, no puedes vivir- le contestó sarcástico el sol.
-Perdería mi brillo quizás, pero seguiría viviendo.
-Sin el brillo que yo te doy no vales nada.
-No seas tan presumido, hermano sol.
-Tú deberías ser más humilde, hermana luna.
Y así siguieron la disputa como dos niños chicos. Todos los hombres se pusieron
de parte del sol y las mujeres apoyaron a la luna. La discusión fue creciendo,
creciendo y ni siquiera el marido de la mujer luna, que era el arcoiris o “akaynic”,
pudo lograr que la armonía volviera a reinar entre la gente de la tribu.
De pronto, un gran fuego estalló en la choza del “yincihaua”, donde las mujeres
habían ido a buscar refugio cuando la pelea se hizo más fuerte. Allí estaban
encerradas cuando las alcanzaron las llamas.
Aunque el griterío fue inmenso, ninguna logro salvarse. Todas murieron en el
incendio. Pero se transformaron en animales de hermosa apariencia, según había
sido su maquillaje. Hasta hoy mantienen esas características y las podemos ver,
por ejemplo, en el cisne de cuello negro, en el cóndor o en el ñandú.
Afortunadamente ellas nunca supieron lo que había sucedido. Les habría dado
mucha pena, porque fueron los propios hombres los que prendieron el fuego. Es
que tenían envidia del poder que en el comienzo de los tiempos ostentaban las
mujeres, y querían quitárselo.
Después de este penoso episodio, la mujer-luna se fue con su esposo “akaynic”
hasta el firmamento. Detrás de ellos, queriendo alcanzarlos, se fue corriendo el
hombre-hermano-sol, pero no pudo lograrlo.
Todos se quedaron, sin embargo, en la bóveda celestial y no volvieron a bajar a
las fiestas de los hombres.

El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor
y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo,
buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión
acompañaba al padre en sus tareas de jefe.
Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella
correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el
peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas
veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre
que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.
Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo
su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y
enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los
lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja
de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.
Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro,
seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta
siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.
Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el
honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su
corazón no le pertenecía.
Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las
selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces
el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas
de jefe.
La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig,
Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados
trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno
de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea,
cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para
defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada
pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había
dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron
más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y
sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.
Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún
animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar
frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el
jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario
animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a
semejante amenaza de peligro para todos.
Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.
Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la
terrible fiera, hasta terminar con ella.
El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la
tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.
Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo
muchacho: Pirá-U.
De los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique.
En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre,
de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el
valiente Cacique, con peligro de su propia vida.
Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo
Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería
el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú,
sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el
agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en
la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de
verlo llegar con la piel del feroz enemigo.
Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no
regresó.
Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y
nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie
respondió... nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que
habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan
cobardes en esta ocasión.
Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico,
les dijo:
Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró
estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal.
Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y
yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que
vosotros, cobardes!
Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la
enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.
- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres
digna de tus antepasados. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te
admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin
tu apoyo no podría gobernar.
Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el
sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo
en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.
Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no
es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.
Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté
es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo
salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!
El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y
claras y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.
Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.
Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los
cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia
de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los
cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al
jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se
presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas,
conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.
Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se
había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste
con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.
El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se
apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.
- Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de
su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las
más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de
garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la
doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.
Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron
solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano.
Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito
lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.
-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas
entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió
deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en
busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú,
encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie
quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado
de Añá, imposible de vencer.
Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa
partir ahora mismo.
-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y
los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los
aventaje en valor y los reemplace en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a
Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo
quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.
-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un
instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su
cobardía a los súbditos del valiente Aguará.
-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.
Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).
Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la
tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar
con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su
compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el
carnívoro, adelantándose, lo animaba:
- “yahá!”…, “yahá!”…
Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba.
Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un
matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos
de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se
iba acercando, cuando AraNaró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á
guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.
Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando
por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza,
lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una
lucha tan desigual, se estremeció.
Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él
rodó la fiera enfurecida y poderosa.
Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se
trabó en pelea con su nueva atacante.
Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.
Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la
lucha.
Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los
jóvenes prometidos.
-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a
día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.
Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la
tribu recibiera tantos beneficios.
Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del
Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y
bebida.
En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una
pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: -- “yahá!”…,
“yahá!”…
Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de
sus hermanos.
Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos
guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún
peligro.
Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le
impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito
de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"...
TACA: Luciérnaga
PIRA – Ú : Pescado negro
AGUARÁ: Zorro
PINDÓ: Palmera
SAEYÚ: Amarillo
TIPOY: Túnica
CARUMBÉ: Tortuga
CHUMBÉ: Faja
PETIG: Tabaco
LECHIGUANA: Abeja silvestre que
El Chajá es un ave zancuda del sur de Sudamérica, en especial de Argentina. Su
cuerpo de regular tamaño, está recubierto por plumas de color gris plomizo. En
su cuello una línea de plumas negras forma un collar, y dos manchas blancas se
destacan en el dorso. Sus alas están provistas de espolones, y un copete en la
nuca. Habita en lugares húmedos, pantanosos o en las orillas de ríos o arroyos.
Entra al agua, pero no sabe nadar.
Sólo se los caza vivos y en pareja, el animalito moriría al ser separado de su
compañero.
Construyen el nido ayudándose los dos, y cuando llega el momento de empollar, lo
hacen los dos alternativamente.
Es un ave vigilante, y a la menor señal de peligro, levanta el vuelo y grita: "Chajá!"
o "Yahá". De este grito se ha tomado el nombre
Vuela a gran altura describiendo círculos y puede mantenerse mucho tiempo en el
aire. Persigue a las aves de rapiña,
Se domestica con facilidad, reconocer a las personas de la casa. Su carne no es
comestible. Al cocinarla su mayor parte, en espuma.
De aquí el dicho "Pura espuma como el chajá".

EL QUEBRACHO COLORADO
LEYENDA QUICHUA
Anka era el cacique de una tribu quichua de las que ocupaban el territorio de
Santiago del Estero.
La selva, poblada de troncos recios y grandes copas siempre verdes, de cuyas
ramas colgaban como encajes las lianas y las enredaderas, les proporcionaba el
alimento necesario para su subsistencia.
El tacu, el árbol sagrado de los bravos indígenas, era la planta completa. Les
daba sus bayas doradas que ellos transformaban en patay o en aloja o que comían
al natural gustando su sabor dulce y agradable.
Anka tenía un hijo: Puca-Sonko, que desde pequeño acompañó a los hombres de la
tribu en las incursiones a la selva, en la caza del jaguar, del venado y del
quirquincho, adquiriendo así una fortaleza física y una destreza como sólo la
vida sana, en contacto directo con la naturaleza es capaz de proporcionar.
Así llegó Puca-Sonko a ser un muchacho fuerte y audaz cuyos brazos nervudos de
acero bruñido manejaban el arco y la flecha, la lanza y el hacha con la maestría
del más aguerrido y valiente de los guerreros de su padre.
En las luchas contra otras tribus belicosas que pretendieron despojarlos de sus
posesiones, el muchacho demostró su sin igual amor a la tierra de sus
antepasados, dando pruebas concluyentes de coraje y de audacia.
En tiempos de paz, la vida transcurría plácida y serena en el seno de la tribu
de Anka, el cacique venerado por todos, Dedicados a labrar la tierra, a la
tejeduría y a la alfarería, fueron sorprendidos por la infausta noticia de que
importantes ejércitos de viracochas venían del norte en son de conquista.
Interrumpieron entonces sus labores para dedicarse a trazar planes de acción
tendientes a combatir al enemigo que se acercaba y cuyas armas — ellos ya las
conocían — parecían creadas por Zúpay para ayudarlos en sus conquistas.
Anka llamó a su hijo. Se lamentó de que su edad y su precario estado físico le
impidieran encabezar las filas de guerreros que combatirían a los extranjeros,
pero confiaba en Puca-Sonko, que lo reemplazaría en la dirección de la lucha,
pues unía a su bravura indómita una viveza y una perspicacia incomparables.
Escuchó Puca-Sonko los sabios consejos de su padre y confiado y decidido a
vencer en la contienda, partió con sus huestes en busca de los intrusos.
Mucho tuvieron que luchar, pero al fin la astucia y su gran conocimiento del
terreno lograron el triunfo sobre la inteligencia y la fuerza de los
extranjeros, que debieron retirarse impotentes para realizar sus propósitos.
Pasó el tiempo. La paz volvió a reinar en la tribu y la vida de trabajo
recomenzó.
El viejo cacique, cuya vida declinaba de día en día, sintió acercarse el final
de su existencia.
La alarma cundió entre los que lo rodeaban y de inmediato se envió a llamar al
hechicero.
Presto acudió el machi y debemos agregar que bien provisto, tal como
acostumbraba hacerlo siempre.
A fin de dar visos de verdad a su tratamiento, recogía una piedrecita, una
espina, un gusano o cualquier objeto que le fuera posible llevar en la boca y
con él así escondido, se presentaba ante el enfermo.
Esto mismo hizo en la presente ocasión, en que llevaba, debajo de la lengua,
oculto a las miradas de todos, un gusano hallado junto a su toldo.
Entró a la casa del cacique moribundo chupando la pipa, que sólo rara vez dejaba
de fumar.
Se acercó al enfermo y, como si realmente conociera el mal que aquejaba al
anciano, aplicó sus labios al pecho del curaca, chupando con fuerza. Parecía que
esto bastaba para arrancar del cuerpo la dolencia que lo aquejaba.
Después de realizar varias veces esta operación se levantó, acercó a su nariz
polvo de semillas de servil y aspiró con fuerza, lo que le produjo gran
excitación y un estado particular. Parecía hallarse poseído por algún espíritu
extraño.
Hizo después diversos gestos, profirió gritos destemplados y elevó sus brazos
con movimientos nerviosos.
Una vez cumplido este ritual, entre espumarajos arrojó el gusano que aun
guardaba en su boca y dijo con voz monótona, mostrándolo a los presentes, ahora
descansando en la palma de su mano:
—¡Cuánta razón tenías al quejarte, Anka! Este coro roía tus entrañas
produciéndote sufrimientos y desazón. Míralo. Aquí está... Desde ahora tus males
han terminado. Descansarás tranquilo y recuperarás la salud.
Sin embargo, contra tales afirmaciones del machi, esa misma noche, el cacique
murió.
Reunido el Consejo de Ancianos entregó el poder a Puca-Sonko, que reemplazó a su
padre como curaca de la tribu.
Al poco tiempo volvieron a llegar rumores de que ejércitos de hombres blancos,
en camino desde el norte, avasallaban a los pueblos indígenas que encontraban a
su paso.
Fue lo suficiente para que los súbditos de Puca-Sonko, encabezados por él
mismo y siguiendo sus ejemplos de audacia y de bravura, no pensaran sino en
prepararse para hacer frente y expulsar de sus dominios a los odiados
extranjeros.
El chasqui que llegó con la confirmación de la noticia de su arribo venía
impresionado por el aspecto marcial de los españoles, cuyos cascos de metal
bruñido relumbraban al sol. También sus corazas refulgían con brillo de oro al
ser alcanzadas por los rayos de Inti.
Y llegó el día en que la selva se pobló de ruidos extraños, de retumbar de
cascos de caballos, de chocar de armas y de voces que hablaban un idioma
desconocido...
Los españoles estaban muy cerca de la aldea. Habían decidido acampar a la salida
de la selva. Allí establecieron su cuartel.
La rapidez del chasqui, cuyas ágiles piernas y su gran resistencia le permitían
recorrer largas distancias en relativamente cortos espacios de tiempo, hizo
posible que los indígenas de la tribu de Puca-Sonko conocieran el arribo de los
españoles al tiempo que éstos realizaban las tareas de instalación.
Los indígenas aprovecharon la nueva para prepararse. No querían ser tomados
desprevenidos.
Esa noche Puca-Sonko no durmió. Por primera vez debía enfrentar, como jefe
supremo de su tribu, a un enemigo tan peligroso como era el extranjero. Por eso
su mente no dejó un momento de elaborar proyectos. Deseaba salir airoso de tan
difícil situación salvando sus posesiones y el bienestar de su pueblo.
Después de mucho luchar consigo mismo, decidió poner en práctica un plan
audaz y por demás arriesgado pero con el que le pareció tener más probabilidades
de triunfo.
Decidido, llamó a los guerreros más importantes. Era medianoche y todos dormían
en la aldea indígena.
Cuando estuvieron reunidos, el curaca así les habló:
— Como lo afirmó el chasqui que vino del norte un ejército de viracochas ha
acampado a la salida de la selva, instalando allí su cuartel. Sin duda piensan
atacarnos, dirigiendo desde allí las operaciones. Pero he decidido que no les
demos tiempo para que procedan así, sino que, por el contrario, tomándolos por
sorpresa y aprovechando que se hallan preparando su instalación, seremos
nosotros quienes iniciaremos el ataque, única forma que puede favorecer nuestra
acción. Los extranjeros son muchos y sus armas seguras y diabólicas aniquilarán
a nuestros hombres. Si a nuestro brío y a nuestra bravura no agregamos astucia y
sagacidad, estamos perdidos... ¡ellos serán los vencedores!
Un rumor de voces indignadas acompañó sus últimas palabras. El más importante de
los guerreros respondió:
—Señor... imparte tus órdenes que nosotros estamos dispuestos a cumplirlas. ¡No
dejaremos de luchar, mientras estemos con vida, hasta que hayamos expulsado al
último viracocha!
Rápido se hicieron los preparativos. La tribu estuvo en pie en contados minutos.
La noche sin luna favoreció a los nativos, que así encubiertos por la oscuridad
marcharon decididos a exterminar a los intrusos.
Comenzaba a clarear cuando llegaron cerca de su punto de destino. Se
distribuyeron de acuerdo a las órdenes del curaca y con empuje fiero se lanzaron
al ataque de la guarnición.
Sin embargo, y contra todas las suposiciones de los jefes indígenas, en el
cuartel de los españoles no se hallaban desprevenidos.
Hombres avezados en la lucha contra el indio, al que venían combatiendo desde
tanto tiempo atrás, sabían que era necesario estar siempre alerta si no se
quería ser víctima del ataque sorpresivo y astuto de los naturales.
Y se entabló la contienda recia, tenaz, salvaje...
Gritos estridentes, alentando a la lucha, se mezclaban con el estampido de los
arcabuces. Se habían enfrentado la bravura de unos, con el coraje de los otros.
Rodaban los heridos alcanzados por el fuego de las armas españolas y caían éstos
atravesados por las flechas mortíferas de los naturales.
Pero llegó un momento en que los indígenas, vencidos por la superioridad de
número y de elementos, seguros de sucumbir ante el poder nefasto y arrollador de
las armas extranjeras, abandonaron la lucha, dispersándose en todas direcciones.
En la confusión, nadie reconocía a sus jefes, y sintiéndose víctimas de algún
enviado de Zúpay, sólo atinaban a huir, a huir del poder absoluto de las armas
enemigas.
Sembrado quedó el campo de muertos y de heridos.
Cuando la calma hubo vuelto dos indígenas hallaron muerto, junto al tronco de un
árbol, a Puca-Sonko, oculto por un cerco de jarilla y de sunchos.
Yacía sobre un charco de sangre y sin duda había llegado hasta allí
arrastrándose, a juzgar por el rastro dejado sobre las piedras.
La parte inferior del tronco estaba tomando un color rojo. Se diría que la
sangre perdida por el curaca era absorbida por el árbol, gracias a lo cual su
sangre bravía seguiría circulando por un cuerpo vivo al que daría su fortaleza y
su bravura.
Y según creencia de los indios así debió ocurrir, porque días más tarde todo el
tronco había tomado un color rojo que hasta ese momento no tenía. Al mismo
tiempo su dureza se hizo tan extraordinaria como había sido extraordinaria la
bravura del cacique Puca-Sonko.
Así, de acuerdo a la convicción de los quichuas, nació el quebracho, árbol que
puebla las selvas del norte argentino

EL TIMBÓ (Pacará)
LEYENDA GUARANÍ
Iraí!... ¡Hija mía!... ¿Dónde
estás?... ¡Ven a mi lado! ¡No te apartes de tu viejo padre!... ¡Tú eres la luz
de mis ojos, la alegría de mi corazón, el consuelo de mis penas, el apoyo de mi
ancianidad!... ¡Tu cariño es el único sostén de mis últimos años! ¡No te alejes
de mí, Iraí! ¡No me abandones nunca!
Quien así hablaba siempre a su hija era Isaraki, el viejo cacique de una tribu
de indios timbúes que habían establecido sus tolderías en un hermoso lugar, a
orillas de nuestro Paraná.
Isaraki, que había perdido toda su familia y se encontraba ya viejo y enfermo,
adoraba a su única hija. Era tan grande el cariño que le profesaba que sin su
compañía el anciano sentíase solo, triste y abatido.
Iraí era para él una hija solícita y cariñosa. Lo guiaba y lo acompañaba
siempre, ayudándolo en todas sus tareas de jefe de la tribu; y como era joven,
alegre y bulliciosa, sus risas y sus cantos regocijaban también el corazón del
padre.
Iraí había llegado a ser, para el anciano, “la luz de sus ojos, el consuelo de
sus penas”, como él le dijera.
Llevaban ambos en su choza una vida tranquila y apacible.
Pero una tarde Iraí notó que su padre estaba, al parecer, muy triste y apenado.
— Padre: ¿qué pesar afl ige tu corazón? ¿Qué pensamientos oscurecen tu alma y te
hacen callary pensar tanto? — le interrogó con cariño Iraí.
— Hija mía — replicó el padre con los ojos llenos de lágrimas —, desde hace
tiempo un solo pensamiento me tortura.
— ¡Dímelo padre... yo te ayudaré a desecharlo para que vuelvan la calma y la
alegría a tu corazón! ¿Es que ya no confías en mí? ¿No crees que mi cariño pueda
disipar tu penas? ¿No sabes que daría mi vida por verte contento y feliz?
— Iraí, mi dulce y bondadosa hija ...Tú no podrías aliviar mi dolor. Si...
— Si... ¿qué? — interrumpióle Iraí con viva ansiedad, deseosa de conocer el
secreto temor de su padre
— Si tú me faltaras, Iraí, me moriría de pena — continuó diciendo Isaraki.
— ¿Qué dices, padre? — interrumpióle nuevamente Iraí —. ¿Por qué piensas en
ello? ¿Cómo podría abandonar a mi anciano padre, a quien quiero con todas las
fuerzas de mi alma y con toda la ternura de mi corazón? ¿Crees que puedo ser tan
ingrata que te deje solo un instante sin mi cariño, sin mi apoyo, sin mi guía? ¡Oh,
padre mío... eres injusto si así lo crees!
— Iraí — dijo el viejo cacique al comprender que con sus palabras había
entristecido a su hija —, olvida lo que te he dicho. Es tal mi cariño hacia ti,
que la sola idea de perderte me llena de angustia y desconsuelo. Sé que nada te
separará de tu viejo padre y que viviré hasta mi último día recibiendo como
siempre tus cariños y tus cuidados. Y ahora, hija mía, ríe y canta para alegrar
esta choza y para que nunca vuelva a entrar en ella la tristeza.
Calló Isaraki. Iraí guardó silencio. La naturaleza calló también: sobre el campo
y sobre la selva caían los postreros rayos del sol poniente. Padre e hija sólo
oyeron en aquel crepúsculo el susurro de la fronda de los árboles del bosque
mecidos por la suave brisa primaveral.
Transcurrió el tiempo y un día llegó de lejanas tierras un apuesto guerrero que
se prendó de la bellísima y bondadosa hija de Isaraki.
Ella enamoróse también de él y se casaron. Entonces emprendieron juntos el largo
viaje hacia las tierras de donde él viniera.
El anciano cacique sintió destrozársele el corazón; pero no derramó ni una sola
lágrima en la despedida. Sin embargo, le entró en el alma una tristeza honda,
muy honda.
— Padre... ¡volveremos pronto! — le había dicho Iraí al partir.
Y él abrigaba esa esperanza, que era como un rayito de sol en la oscuridad de su
pena.
Desde entonces, todas las tardes salía de su choza y se alejaba de ella en
dirección al campo. Allí aplicaba su oreja a la tierra: el mejor medio de
percibir los ruidos lejanos. Creía así oír alguna vez el paso de su hija que
volvía.
Uno y otro y otro día, el anciano iba al campo y aplicaba su oreja a la buena
tierra que había de avisarle el regreso de la hija ausente. Pero ésta, aunque
recordaba a su padre y lo amaba como siempre lo había amado, no podía volver, y
se resignaba pensando en él y pidiendo a Tupá que lo protegiera.
Una tarde, no volvió el viejo cacique a su choza.
En la tribu se alarmaron por su ausencia y salieron buscarlo en todas
direcciones. Lo hallaron sin vida, en suelo, en la misma posición de aplicar la
oreja a la tierra.
Lo levantaron, y ¡cuál no sería la sorpresa que recibieron, al ver que la oreja
del cacique se desprendía y se queda allí, donde tantas veces él había querido
percibir la llegada de su hija!
Nuestra leyenda cuenta también que después de transcurrido un tiempo, nació en
ese mismo lugar una planta que creció hasta llegar a ser un hermosísimo árbol.
Los timbúes lo llamaron Cambá-nambí, que en su lengua significa “oreja de
negro”.
Es el “timbó”, también llamado pacará.
Y decían nuestros indios que en este hermoso árbol, de elevado tronco y de
frondosa copa en forma de sombrilla, mora el alma del viejo cacique para divisar
desde lo alto la figura de la hija cuyos pasos nunca oyó y para cobijarnos a su
sombra como un amoroso padre.

El Mainumbí y el Curucú
LEYENDA GUARANÍ
Mientras Tupá sé hallaba formando el mundo y poblándolo con los seres que hoy
vemos en él, su tarea era ímproba e ininterrumpida. Las aguas lamían las tierras
creadas y un firmamento muy azul limitaba el espacio con una bóveda de nubes. El
sol, recién salido de las manos de Tupá, enviaba haces dorados de luz que daban
calor y brillantes matices a las plantas terminadas de crear y que embellecían
la tierra con el verdee de ramas y hojas, y los rojos, los blancos, los
amarillos y los azules de sus pétalos de seda.
Tupá miró su obra y decidió poblar los aires y las aguas. Entonces formó las
aves y los peces. Los aires se llenaron de alas y los árboles de nidos. Las más
bellas y delicadas avecillas y las más fuertes y poderosas surgían de las manos
todopoderosas de Tupá y buscaban el árbol o la montaña que las habría de
cobijar. Tan entusiasmado estaba Tupá con su obra alada, que resolvió hacer una
joya que surcara el aire despertando la admiración de todos por su belleza, por
su color, por su aspecto, por su forma de volar.
Tomó un poco de arcilla, muy poca, y le dio una forma graciosa de leve aspecto;
le agregó las alitas tenues y movedizas, una cola preciosa; un pico muy fino y
largo para que la nueva avecita lo pudiera introducir en las flores en busca del
néctar contenido en su interior, y cubrió el cuerpecito de finísimas y sedosas
plumas.
Mezcló luego los más bellos colores con rayos de sol para darles reflejos
irisados y con ellos pintó las plumitas de la nueva avecilla que, ya terminada,
batió sus alas pequeñas y en vuelo gracioso y sutil comenzó su recorrido de flor
en flor, temblando sobre ellas y sin posarse en ninguna.
Según los guaraníes, la llamó mainumbí. Tupá, satisfecho, la miró alejarse,
seguro de haber creado la más bonita, la más graciosa, pequeña y sutil de las
aves, sólo comparable a la más hermosa flor. No sólo Tupá tenia esa idea. De
ella participaba también Añá, a quien la envidia inspiraba todos sus actos y
que, no habiendo perdido detalle de la creación de la última obra de Tupá,
escondido detrás de unos árboles desde donde le era fácil espiar, decidió él
mismo, siguiendo en todas sus partes el procedimiento usado por el Dios bueno,
hacer una obra exacta a la realizada por él. Tuvo buen cuidado de realizarla-
con la misma arcilla, de la que tomó un buen trozo, sin duda, para que no le
llegara a faltar. La amasó, la acarició con sus largas y ganchudas manos
tratando de darle elegante forma, imitando la que, de lejos, había visto hacer
a Tupá.
No consiguió tantos colores para terminar su creación, pero no le dio mayor
importancia, y con el verde, el negro y el blanco amarillento que halló, pintó
la arcilla. Miró su obra convencido que bien podía competir con la dé Tupá, y
-muy conforme con ella - la tomó entre sus dos manos, la levantó en el aire, y,
allí, dándole un pequeño impulso, trató de echarla a volar. Pero en el mismo
momento que la libró de la prisión que la contenía y dirigió la vista hacia lo
alto, esperando verla llegar, un ruido sordo se oyó en la tierra. Miró
sorprendido Añá, y un gesto de estupor cambió su expresión satisfecha. Su obra,
en lugar de volar, había caído al suelo, de donde salió dando saltos; contra
todas las suposiciones de su creador, para ir a ocultarse entre las piedras del
camino. Añá, muy a su pesar, y contra su voluntad, creyendo crear un pájaro,
había creado al cururú.
Curucú = Sapo
Mainumbí = Colibrí

|