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 Varias son las leyendas de la yerba mate, aquí podéis encontrar tres de ellas, presentan alguna diferencia entre si, pero todos coinciden, en que fue en regalo de los Dioses.


La leyenda de la yerba mate. Popular
 

Un día, la diosa Así, la Luna, y su amiga Aria, la Nube rosada del crepúsculo, quisieron bajar a la tierra. Tomaron sus formas corpóreas y descendieron en una zona de tierras rojas y bosques cuyos habitantes adoraban a Tupá, padre de Así.
Mientras paseaban se les apareció un jaguar dispuesto a atacarlas. Ellas quedaron inmóviles.
En ese momento se presentó un viejo indio que se enfrentó al peligroso animal y lo mató.
El hombre invitó a las jóvenes a su cabaña donde, a pesar de la pobreza, su mujer preparó para las jóvenes, panes con los últimos granos de maíz que le quedaban. Las diosas quedaron maravilladas por la hermosura e inocencia de la joven hija del matrimonio, sobre todo Así, quien sintió fuerte curiosidad por saber por qué los ancianos la escondían en el bosque.
Durante su juventud, el viejo vivía junto a los de su tribu. Allí conoció a su mujer con quien tuvo esa niña tan hermosa. La alegría se fue convirtiendo en preocupación a medida que la joven crecía porque además de hermosa era extremadamente inocente. Para protegerla había decidido alejarse de los peligros de la tribu.
- Abandoné todo –dijo el viejo– para vivir en el bosque, en la pobreza pero con la seguridad de cuidar las virtudes de mi hija.
Cuando volvieron al cielo, las diosas quisieron premiar la generosidad de esa familia que les había ofrecido sus últimos gramos de maíz. Una noche causaron a los tres seres de la cabaña un sueño profundo, y, mientras dormían, sembraron semillas celestes junto a la choza y dejaron una lluvia suave sobre esa porción de tierra. A la mañana, habían brotado unos árboles pequeños y desconocidos con flores blancas entre las hojas verde oscuro.
Cuando el viejo indio se despertó y salió para ir al bosque, quedó maravillado y llamó a su familia para ver el milagro. De pronto en el cielo se dibujó el rostro de la joven diosa que habían conocido en la tierra con forma humana.
- Yo soy Así, – les dijo– la diosa que habita en la Luna, y vengo a premiarlos por su bondad. Esta nueva planta que ven, es la yerba mate, y desde ahora será para ustedes y para todos los hombres de esta región el símbolo de la amistad y el alimento caliente que beberán. Su hija será la dueña de la yerba mate y vivirá eternamente.
Pasaron los años y el viejo matrimonio murió. También la hija desapareció de la tierra pero de vez en cuando se ve por los yerbatales misioneros la imagen de a una joven muy hermosa con ojos llenos de inocencia.

 


Leyenda guaraní


La leyenda de la yerba mate cuenta que Yarí-i, una joven y muy bonita muchacha, se encontraba cuidando a su padre, ya moribundo y sin fuerzas para poder seguir a la tribu nómada a la que pertenecían. Entonces, decidieron quedarse en un sitio, ya que su padre no podía continuar la marcha de ninguna manera. La joven asume la responsabilidad de su cuidado, prometiendo a su padre que haría todo lo que estuviese a su alcance para que pueda subsistir.
Yarí-i entonces no dudó en aprender a cazar, pescar, buscar frutos y todo lo necesario para que su padre pudiera sobrevivir en el hábito selvático donde habían quedado depositados. Su padre rogaba al dios Tupá que recompense a su hija por todo el trabajo duro que estaba realizando en soledad. Así fue que, un día, el mismísimo Tupá se apersonó en la morada de la joven Yarí-i y su padre. La muchacha lo recibió de muy buena manera, cazó y cocinó para él y, posteriormente, le dio asilo en la humilde vivienda.
Tupá comprendió los sacrificios de la muchacha y, a su vez, valoró su hospitalidad. Así fue que creó una nueva planta, a la que llamó Caa-Yarí en honor a la joven. Esa planta, transformada en bebida sería energizante, refrescante y los acompañaría toda la vida. Y así fue. Ahora la yerba mate es una de las más tradicionales infusiones en Sudamérica.

 


El premio de la Yerba


De noche Yací, la luna, alumbra desde el cielo misionero las copas de los árboles y platea el agua de las cataratas. Eso es todo lo que conocía de la selva: los enormes torrentes y el colchón verde e ininterrumpido del follaje, que casi no deja pasar la luz. Muy de trecho en trecho, podía colarse en algún claro para espiar las orquídeas dormidas o el trabajo silencioso de las arañas. Pero Yací es curiosa y quiso ver por sí misma las maravillas de las que le hablaron el sol y las nubes: el tornasol de los picaflores, el encaje de los helechos y los picos brillantes de los tucanes. Pero un día bajó a la tierra acompañado de Araí, la nube, y juntas, convertidas en muchachas, se pusieron a recorrer la selva. Era el mediodía y, el rumor de la selva las invadió, por eso era imposible que escucharan los pasos sigilosos del yaguareté que se acercaba, agazapado, listo para sorprenderlas, dispuesto a atacar. Pero en ese mismo instante una flecha disparada por un viejo cazador guaraní que venía siguiendo al tigre fue a clavarse en el costado del animal. La bestia rugió furiosa y se volvió hacia el lado del tirador, que se acercaba. Enfurecida, saltó sobre él abriendo su boca y sangrando por la herida pero, ante las muchachas paralizadas, una nueva flecha le atravesó el pecho. En medio de la agonía del yaguareté, el indio creyó haber advertido a dos mujeres que escapaban, pero cuando finalmente el animal se quedó quieto no vio más que los árboles y más allá la oscuridad de la espesura. Esa noche, acostado en su hamaca, el viejo tuvo un sueño extraordinario. Volvía a ver al yaguareté agazapado, volvía a verse a sí mismo tensando el arco, volvía a ver el pequeño claro y en él a dos mujeres de piel blanquísima y larguísima cabellera. Ellas parecían estar esperándolo y cuando estuvo a su lado Yací lo llamo por su nombre y le dijo: - Yo soy Yací y ella es mi amiga Araí. Queremos darte las gracias por salvar nuestras vidas. Fuiste muy valiente, por eso voy a entregarte un premio y un secreto. Mañana, cuando despiertes, vas a encontrar ante tu puerta una planta nueva: llamada caá. Con sus hojas, tostadas y molidas, se prepara una infusión que acerca los corazones y ahuyenta la soledad. Es mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de tus hijos... Al día siguiente, al salir de la gran casa común que alberga a las familias guaraníes, lo primero que vieron el viejo y los demás miembros de su tevy fue una planta nueva de hojas brillantes y ovaladas que se erguía aquí y allá. El cazador siguió las instrucciones de Yací: no se olvidó de tostar las hojas y, una vez molidas, las colocó dentro de una calabacita hueca. Buscó una caña fina, vertió agua y probó la nueva bebida. El recipiente fue pasando de mano en mano: había nacido el mate.


Yari-i
 Yerba mateGaucho, tomando mate


El algodón, mito toba


Cuenta la leyenda, que en lejanos tiempos, en el Gran Chaco, los indios eran felices, no se conocían las estaciones porque no había cambios de clima, ni fenómenos atmosféricos.
En esa armonía y felicidad los indígenas brindaban todos sus tributos a Naktánoón (el bien).
Esta actitud puso furioso a Nahuet Cagüen (el Mal) que vivía en las tinieblas, que para vengarse y calmar su ira creo Nomaga (el invierno).
Satisfecho de su obra se dirigió al pueblo indígena diciendo:
- Ja, ja, ja, morirán de frío. Mi nuevo servidor los hará padecer y se les helará la sangre en las venas. El sol no brillará en el cielo chaqueño. Un perpetuo nublado cubrirá la tierra toba. El invierno será helado y dañino.
La naturaleza irá pereciendo. Los indios gritarán y se retorcerán implorando a Naktánoón que les dé calor y castigue a Nahuet Cagüen.
Fue entonces cuando cuatro embajadores: El palo borracho; La planta del patito; El picaflor; La viudita; que eran los preferidos y los más escuchados a lo alto suplicaron al Bien, que derrame calor sobre la tierra.
Compadeciendo el Bien, los convierte en una flor, la flor del algodón (Gualok) que tiene de cada uno un atributo: El calor: de la planta del patito. El capullo: como el palo borracho. La bandada: del picaflor. La blancura: de la viudita.
Despejado el cielo de nubes, la flor (Gualok) llega a la tierra y se abre, mientras siguen resonando los tambores indios y las semillas vuelan y vuelan, y al caer nuevos algodonales nacen... nuevas semillas... y nuevos algodonales hasta que todo el territorio se cubre de blanco. El urunday se hace telar para tejer la hebra suave del algodón convirtiéndose en níveas túnicas que cubren a los indígenas dándoles calor de vida.
El canto aborigen se eleva. El bien ha vencido.
Ante todo lo acontecido Nahuet Cagüen enfurecido nuevamente y en un último intento, maldiciendo, se convirtió en "Lagarta rosada" plaga del algodón.


Flor de la viuditaAlgodón Flor del algodón


LEYENDA DEL CEIBO

El ceibo -también denominado seibo, seíbo, o bucare- es la flor nacional de la República Argentina. Resulta normal ver sus flores rojas en muchas de las zonas ribereñas de los ríos que for­man la cuenca del Plata, y es una de las bellezas de la flora paragua­ya. Su madera es muy liviana y porosa, y se utiliza para la construcción de balsas, colmenas y juguetes de aeromodelismo. Su presencia en parques y jardines argentinos pone una nota de per­fume y color. Y el admirador evita arrancar sus flores, debido a que sus ramas poseen una especie de aguijones, tal vez única señal del dolor sufrido por...
Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná vivía Anahí, una indiecita de rasgos toscos. A pesar de que físicamente no era atrac­tiva, su voz cautivaba en las tardecitas veraniegas a toda la gente de su tribu guaraní: entonaba canciones inspiradas en sus dioses y al amor a la tierra de la que eran dueños...
Un día nefasto llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca que arrasaron las tribus y les
arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad. La mayoría de los muchachos y muchachas de la tribu fueron puestos en cauti­verio y forzados a trabajar, y Anahí no fue una excepción. Como no lograba concebir esa situación continuó llorando durante varios días.
Cierto día, su centinela se había quedado profundamente dormi­do. Anahí entendió que se trataba de la gran oportunidad para esca­parse. Sin embargo, mientras huía en silencio, él despertó. Enceguecida por lograr su objetivo, le hundió un puñal en su pecho y corrió para buscar protección en la selva.
El grito del moribundo despertó a los otros españoles, enton­ces la persecución se convirtió en la gran cacería de la pobre Anahí. Pese a los esfuerzos de la joven por esconderse, fue alcan­zada por los conquistadores, que, en venganza por el asesinato del guardián, la castigaron con la muerte en la hoguera: la ataron a un árbol y prendieron el fuego.
Algo raro sucedió: las llamas parecían no querer tocar a la don­cella indígena, que sufría sin murmurar palabra.
Cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se convertía en un árbol. Intentando convencerse los unos a los otros de que esta visión era efecto del cansancio, los conquistadores juntaron más leños para avivar la hoguera y se fueron a dormir.
Al día siguiente, los soldados encontraron en lugar de las ce­nizas un hermoso árbol, de verdes hojas relucientes y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de la valentía y la fortaleza ante el sufrimiento: el ceibo.


Flor de ceibo


El Cerro Tronador (Leyenda Mapuche)

El Cerro Tronador es una montaña ubicada en los valles de Río Negro. Su nombre fue dado justamente por el fuerte ruido que se produce desde la cima por causa de los constantes aludes.
Lean a continuación la leyenda escrita por el Jesuita P. Mascardi en el año 1670, recogida de un Pueblo Araucano.

Linco Nahuel, que quiere decir "Tigre de Ejército", era un cacique muy valeroso y tan celoso de sus dominios que no permitía a nadie acercarse a ellos. Para su vigilancia mantenía centinelas en todas las alturas.
Hubo un día en que llegó hasta el pie del cerro una tribu de hombres enanos. Estos querían acampar en él pero Linco Nahuel y los suyos no se lo permitieron. La tribu de enanos venía armada por lo que se desató una gran lucha.
Con flechas enarboladas los intrusos lograron vencer y tomar prisionero a Linco Nahuel y gran número de su gente. Más tarde, los empujaron hacia la cumbre y comenzaron a arrojarlos uno a uno al abismo del cráter.
El soberbio cacique Linco Nahuel, fue obligado a contemplar desde la cúspide el doloroso espectáculo de ver cómo los enemigos, a pesar de ser tan pequeños, despeñaban a sus queridos súbditos.
Ante este hecho insólito se estremeció el Pillán, o espíritu dueño del cerro que tenía su morada en el interior del mismo, quien profundamente disgustado por la violación de sus dominios, desató un terrible alud, envolviendo en nieve a todos los combatientes, araucanos e intrusos, quienes comenzaron a caer valle abajo, gritando estrepitosamente.
Solo sobrevivieron dos caciques contrincantes a quienes el Pillán transformó en dos riscos que se ven ubicados frente a frente en el filo del cerro, para que escuchasen el fragor incesante que producían los precipitados en la profundidad del volcán y que hasta el día de hoy se siguen oyendo.

Volcán Lanincerro tronador


La Ch'aya y el Pujllay (leyenda diaguita)

Cuenta la leyenda que Chaya era una muy bella jovencita india, que se enamoró perdidamente del Príncipe de la tribu: Pujllay, un joven alegre, pícaro y mujeriego que ignoró los requerimientos amorosos de la hermosa indiecita. Fue así como aquella, al no ser debidamente correspondida, se interno en las montañas a llorar sus penas y desventuras amorosas, fue tan alto a llorar que se convirtió en nube. Desde entonces, solo retornar anualmente, hacia el mediado del verano, del brazo de la Diosa Luna (Quilla), en forma de rocío o fina lluvia.
En tanto Pujllay sabiéndose culpable de la desaparición de la joven india, sintió remordimiento y procedió a buscarla por toda la montaña infructuosamente.
Tiempo después, enterado el joven del regreso de la joven a la tribu con la luna de febrero, volvió el también al lugar para continuar la búsqueda pero fue inútil. Allí, la gente que festejaba la anhelada cosecha, lo recibía con muecas de alegría; el por su parte, entre la algarabía de los circundantes, prosiguió la búsqueda con profunda desesperación, aunque el resultado totalmente negativo. Por ello, derrotado, termino ahogando en chicha su soledad, hasta que luego, ya muy ebrio, lo sorprendió la muerte. Punto final de un acontecer que se repite todos los años, a mediados de febrero...
La tradición popular rescató a estos personajes y en sus vocablos se demuestra el sentido de esta fiesta: Ch'aya (en quichua: "Agua de Rocío") es símbolo de la perenne espera de la nube y de la búsqueda ancestral del agua. (Algo que no abunda en La Rioja y es vital); y "Pujllay", que significa: "jugar alegrarse", quién para estos carnavales vive tres días, hasta que es enterrado hasta el próximo año...

Diosa Luna


Leyenda tehuelche recuerda a Koonel, ( el que come calafate siempre vuelve)

Una antigua leyenda tehuelche recuerda a Koonel, la anciana hechicera de la tribu, que estaba demasiado agotada para continuar caminando hacia el Norte; el invierno estaba próximo y había que buscar lugares donde no faltara caza. Como era habitual en esos casos, se le construyó un buen Kau y se le dejo abundante comida; pero seguramente no le alcanzaría para todo el invierno.
Para esa época no existían los calafates. Quedó totalmente sola; hasta los pájaros emigraron con la llegada de las primeras nieves, pero ella subsistió inexplicablemente.
A la llegada de la primavera se asomaron las primeras golondrinas, algunos chorlos y algunas inquietas ratoneras. Koonek les increpó la actitud de haberla dejado sola, sumida en el silencio; a lo que las avecillas respondieron que ello se debía a que durante el invierno no tenían dónde resguardarse del viento y del frío y además el alimento era escaso.
Koonek sin salir del toldo, les respondió: “desde ahora en adelante podrán quedarse, tendrán abrigo y alimentos.” Cuando abrieron el toldo, la anciana hechicera ya no estaba, se había convertido en una hermosa mata, espinosa, amarilla y de perfumadas flores, las que al promediar el verano ya eran moradas frutas de abundante semilla.
Los pajaritos comieron su fruto y los tehuelches desparramaron las semillas de Aike en Aike. Ya nunca más se fueron las aves y las que se habían ido, al enterarse, regresaron.
Por eso, dice la leyenda, el que come calafate vuelve.

Este fruto le dio nombre a la localidad santacruceña, cercana al Parque Nacional los Glaciares, uno de los lugares más visitados del país, en el cual abunda este arbusto típico del sur de la Patagonia, de flores amarillas y cuyo pequeño fruto morado, es utilizado para la elaboración de sabrosos dulces artesanales y de un riquísimo licor al que los tehuelches llaman "guachaca
y".


Panta de calafate       Flor del calafate


EL ORIGEN DEL CALAFATE Leyenda de Tierra del Fuego

 
Cuando los Selk’nam habitaban Tierra de Fuego se agrupaban en diversas tribus, dos de ellas se encontraban en gran conflicto, los jefes de ambas comunidades se odiaban hasta la muerte. Uno de ellos tenía un joven hijo, que gustaba de recorrer los campos. En una ocasión se encontró con una bella niña de ojos negros intensos y se enamoró de ella. Lamentablemente, era la hija del enemigo de su padre, la única manera de verse era a escondidas, pero el brujo de la tribu de la niña los descubrió. Vio sin embargo, que no podría separarlos y condenó a la niña, transformándola en una planta que conservó toda la belleza de sus ojos negros, pero con espinas, para que el joven enamorado no pudiera tocarla. Pero el amor era tan fuerte que el joven nunca se separó de  él.

Por eso cada quien que logre comer el fruto de este arbusto estará destinado a regresar a la Patagonia, pues uno no puede separarse del poder de amor que hay en el calafate, nos atrae a él y no nos permite que nos marchemos por mucho tiempo.


La Garganta del Diablo (Leyenda Mbyá)

Fatigado por la ardua tarea de esparcir maldades, Añá detuvo su trajinar de milenios en la desembocadura del río Iguazú. La siesta americana calcinaba duendes remolones cuando el diablo recostó su osamenta ígnea sobre el cauce del Aguas Grandes.
El río, con maternal gesto, extendió una húmeda sábana sobre aquel cuerpo envuelto en llamas y Añá, ingratamente desaprensivo, cayó en la autotentación de beberse toda el agua cristalina: Abrió su bocaza volcánica y el Iguazú, violentamente defraudado, despeñó en ella su furia líquida. Desde las fauces del mismo infierno, telúricos rugidos sísmicos sacudieron la tierra anunciando que el agua vencía al fuego una vez más.
Repentinamente endurecido, como lava bruscamente enfriada, el cuerpo de Añá quedó aprisionado para siempre entre los barrancos y desde la Garganta del Diablo, en un sostenido Yriapú disfónico, el río retornaba como espuma y niebla.
Es por esto que los Mbya-Guaraníes reconocieron en esta parte del mundo el Yvymaraey , “La Tierra Sin Mal” que buscaban en su peregrinar planetario.

Yriapú: Rugido del agua
Añá : Deidad que representa el mal entre los Guaraníes.
Iguazú: Trad. del guar. : “Aguas Grandes”.
Garganta del Diablo: Nombre de la principal caída de aguas de las Cataratas del Iguazú.
Yvymaraey: Del guar. Yvy: Tierra; mara: mal, mancha; ey: sin : “ La tierra sin mal”.
Mbya: “La Gente”, etnia Guaraní que habita el actual territorio de Misiones.

 

La garganta del Diablo, Iguazú


El Kakuy leyenda Quechua


El Kakuy es un ave nocturna, rapiña que habita en los montes del noroeste de Argentina Es un ave solitaria de lúgubre canto y su nombre proviene del quechua. La historia que es algo cruel, habla del compañerismo entre hermanos.
En el monte vivían dos hermanos, un varón y una mujer. El hermano era muy trabajador, y además un hombre realmente bueno. Estaba siempre en el monte y cuando regresaba a su hogar siempre le traía regalos y frutos silvestres a su hermana, además de todo lo necesario para vivir. La hermana era haragana y desordenada, le costaba mantener el rancho ordenado y cuando el hermano venía cansado de su trabajo, ella nunca lo recibía como merecía.
Un día él, regreso muy agotado luego de una dura jornada de trabajo en el monte y le pidió si por favor le podía dar un poco de hidromiel, la hermana fue a buscar el frasco pero antes de dárselo lo derramó en su presencia.
Al día siguiente ocurrió lo mismo pero esta vez con la comida. De a poco la paciencia de este muchacho se fue acabando y decidió castigar la maldad de la hermana.
Una tardecita la invitó a ir a recoger miel fresca al monte, la llevo bien adentro. Cuando llegaron a un quebracho de copa muy grande el hermano la invitó a subir e ir por la miel, juntos lograron llegar hasta lo más alto del árbol, entonces fue allí cuando el hombre comenzó a descender, desgajando el árbol a medida que iba bajando, cortándole todas las ramas, de manera que su hermana no pudiera bajar. El hombre se bajó y se alejó, la hermana quedó allí en lo alto del árbol con mucho miedo.
Al caer la noche su temor se trasformó en terror. Con el correr de los minutos, horrorizada notó que sus pies se convertían en garras, sus manos en alas y que el total de su cuerpo estaba cubierto por plumas.
Desde entonces, el pájaro sale sólo de noche, sufre el abandono y clama por su hermano rompiendo el silencio de la noche del monte. Su grito desgarrador es de “¡Turay…Turay!”, que en quechua quiere decir “¡Hermano…Hermano!”

Kakuy


EL CARDENAL     LEYENDA CALCHAQUÍ

Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerro con los colores del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos de la montaña abrupta.
La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire.
La distancia que separaba a aquellos hombres de su aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar toda la noche para llegar antes del amanecer.
El sol terminó de ocultarse por completo en occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le prestaban sus rayos.
Comenzó a oscurecer.
Por oriente apareció la luna iluminando con luz tenue la bóveda azul.
Apuraban el paso los guerreros indígenas aprovechando la claridad de la noche de luna, que les permitía marchar con seguridad por los peligrosos senderos de la montaña.
Llegaron al bosque. El verde de los añosos chañares, de las talas espinosas, de los yuchanes de amplia copa, de los viejos algarrobos, se intensificaba al ser alcanzado por los rayos de la luna que, al filtrarse por entre el follaje, dibujaban en la tierra caprichosas figuras de plata.
Entraron al bosque los guerreros de Pusquillo. Marcharon por estrechos senderos acompañados por el misterioso rumor de la selva, por el suave rozar de las alimañas que la pueblan, por el vuelo de algún pájaro cuyo sueño interrumpió el paso de los intrusos...
Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del valle de donde salieran hacía ya cuatro lunas.
Marchaban callados. Sólo se oían sus voces cuando alguno de ellos, advertido de algún peligro, daba el alerta a los demás.
Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como él y como él querido y respetado por su pueblo.
Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso, indicando a los demás, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija en una figura extraña que su sagacidad había descubierto.
Se acercó a ella con toda precaución temiendo que se desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una hermosa joven, recostada contra un corpulento pacará, dormía plácidamente. Un rayo de luna iluminaba su rostro pálido, y arrancaba destellos de plata de la túnica con que cubría su esbelto cuerpo. En su regazo descansaba un manojo de rosadas flores de samohú cuyo perfume tenue percibieron los recién llegados.
Rumores de admiración de sus compañeros escuchó Ancali. Se acercó sigiloso para no despertar a la niña y, cuando se hallaba cerca, no pudo reprimir su entusiasmo:
-¡Acchachay! -exclamó muy bajo.
Como al conjuro de una orden misteriosa, despertó la joven y al verse rodeada por desconocidos, los miró azorada. Se levantó con presteza y su mirada sorprendida se fijó en Ancali, alto, fornido, de rostro recio y expresión cordial que en ese momento con voz afable le preguntaba:
-¿Quién eres y qué haces en los dominios de Pusquillo?
-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi madre me envía a la tierra para que siembre bondad entre los hombres -respondió la niña con dulce voz y expresión humilde.
Era tanta su belleza, tanta sumisión había en el tono y tanta ternura en las palabras, que Ancali se sintió atraído por la desconocida. Siguiendo un impulso generoso le ofreció:
-Ven a la tribu de mi padre donde serás bien recibida. Ven con nosotros...
Un rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca. Ella, entonces, creyendo ver en el hecho una demostración de la conformidad de Mama Quilla, su madre, aceptó agradecida.
Se unió a los guerreros y al frente del grupo, al lado de Ancali, marchó por el sendero del bosque entre lianas y plantas trepadoras que caían desde las ramas de los árboles semejando cascadas de verdura.
La calma era total. De improviso, un lamento extraño, doloroso, surgido del interior del bosque cruzó el aire sobrecogiendo de espanto, con el maléfico augurio de su grito, al grupo que marchaba desprevenido.
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu! -dijeron en voz baja los guerreros de Pusquillo, capaces de las proezas más inverosímiles, pero que temían como si fueran niños los misterios que consideraban sobrenaturales.
Un nuevo lamento agudo y desesperado hendió el aire y otra vez se oyó como un murmullo, el temor pintado en cada sílaba:
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu!
Al mismo tiempo, un solo pensamiento dominó a todos: "¿Qué desgracia presagian los gritos de esa ave nocturna que nadie ha podido ver, pero que a todos causa terror?" "¿Qué nos irá a suceder??
Atemorizados, como bajo el peso de un vaticinio funesto, cruzaron el bosque.
Cuando por fin salieron de él, el valle dormido les devolvió la tranquilidad perdida. La luna bañó con su luz de plata el sendero que debían recorrer...
Hicieron el camino bajo un cielo sembrado de estrellas.
Llegaron a los toldos cuando el lucero del alba brillaba con luz intensa en el firmamento. El sol asomó por oriente y las nubes se tiñeron de lila y de oro. Del bosque, convertido por influjo de la aurora en sonora caja musical, llegaban el trino alegre de los pájaros y el arrullo tierno de las palomas que despertaban con la naturaleza.
La brisa traía de la sierra esencias de tomillo y de azahar.
La vida recomenzaba. En la toldería fácil era comprobarlo. Todos estaban en movimiento. Madrugadores por naturaleza, los primeros rayos del sol marcaban el comienzo de la actividad diaria y desde ese instante cada uno cumplía con la tarea que tenía señalada.
Ancali y sus compañeros fueron recibidos con alborozo.
Los cazadores se despojaron de armas y flechas entregando a sus familiares el producto de tantos días dedicados a la caza: venados, guanacos, suris, plumas vistosas de raro colorido, pieles de jaguar...
Vilca, mientras tanto, permanecía ignorada. Nadie había reparado en ella. Junto a un arrayán florecido era muda espectadora de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
De improviso oyó, a su lado, una voz que le preguntaba:
-¿Quién es la imilla que con asombro asiste a la llegada de nuestros cazadores?
Dióse vuelta la niña y vio, junto a ella, a un hombre de cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y mirada penetrante. Llevaba en su cabeza una toca redonda que caía hacia la espalda en un pliegue de forma triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.
Segura, por este hecho, de que se hallaba ante uno de ellos, iba a responderle, cuando oyó al desconocido que, al tiempo que clavaba su vista penetrante en ella, sonriendo volvía a preguntarle:
-¿Quién eres, extranjera? ¿De dónde vienes?
-Soy Vilca -respondió medrosa-. Soy la hija de Quilla y de su reinado vengo.
-¿Cómo llegaste hasta los dominios del gran cacique Pusquillo? -inquirió curioso el hombre.
-Los cazadores me encontraron en el bosque y con ellos he venido...
En ese instante, del grupo de cazadores se separó uno de ellos. Era Ancali, que con un precioso manojo de plumas de ave del paraíso se dirigía hacia donde se hallaba la extranjera.
Asombrados miraron todos al hijo del cacique, y su sorpresa fue mayor cuando distinguieron a la desconocida que conversaba con Suri, el hechicero.
Llegó Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las hermosas plumas, la invitó:
-Toma, Vilca... Adorna tus cabellos y acompáñame. Mi padre, el cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.
Obedeció la niña y pocos momentos después se hallaba ante el cacique quien, ganado por su simpatía y por su hermosura, la recibió afable y cariñoso considerando de buen augurio que Quilla, la reina de la noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.
Mientras tanto Suri, el hechicero, despechado por lo que él consideró un desprecio, al no ser llamado para la presentación de la extranjera al curaca de la tribu, sintió por ella, que absorbía la atención de todos, una envidia sin límites. Sus sentimientos mezquinos lo incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde entonces una marcada aversión por la dulce Vilca, ajena por completo a tal sentimiento. La odió y se prometió hacerle imposible la vida en la tribu hasta conseguir que la abandonara.
Ignorando tan bajos propósitos y sintiéndose, en cambio, querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en los dominios de Pusquillo.
Suave y delicada por naturaleza, se granjeó de inmediato la simpatía y el cariño de la tribu. Participó de las tareas de las mujeres y se adiestró en el tejido del algodón que cosechaban en las extensas plantaciones de la región, constituyendo una de sus principales riquezas. Aprendió a hilar la lana y a tejerla.
Esa mañana, muy temprano, Vilca, instalada frente a su telar, tejía una tela destinada a hacer una túnica por encargo del curaca, cuando llegó Ancali.
-Buen día, Vilca. ¿Qué tejes tan temprano? -la saludó.
-Buen día Ancali. ¡Qué pronto has vuelto! Tu padre me ha encargado que teja una túnica de cumbi para enviar a su Señor.
-Hermoso está quedando tu trabajo, Vilca. Su brillo y su finura harán que mi padre se sienta orgulloso de presentarla al Inca.
-Es un placer trabajar con lana de vicuña. La prefiero a la de guanaco que debo emplear para tejer nuestros vestidos de abasca, tan burdos y gruesos. Y tú ¿qué traes en tu llama cargada? ¿De dónde vienes?
-Acabo de llegar de Andalgalá, donde he ido en busca de anta.
-¿Lo conseguiste?
-¡Ya lo creo! Es metal que abunda en esa región, de modo que he traído en gran cantidad. Mira la carga de mi llama y dime si no tengo razón. Voy a descargarla, que el viaje ha sido largo y el animalito merece descansar; pero antes quiero darte esto que he traído para ti... -terminó diciendo, al tiempo que le entregaba un objeto de plata que Vilca tomó con cuidado.
-¡Oh, Ancali! ¡Qué topo precioso! Es de plata y de cobre -agregó colocándolo sobre su pecho como deseosa de ver el efecto que causaba.
Era un disco de metal del que se desprendía un alfiler.
-¿Te agrada mi regalo?
-¡Tanto...! que espero ansiosa que llegue la primera fiesta para lucirlo y con él prender mi manta. Eres muy bueno, Ancali. Muchas gracias
Ninguno de los dos suponía que en ese momento alguien, oculto muy cerca, observaba la escena con fastidio.
Era Suri, el hechicero, que, despechado y con odio, murmuró para sí:
"No te ha de durar mucho esta felicidad, Vilca, ambiciosa. ¿Crees que llegarás a ser la esposa del hijo del cacique? Ya verás que no podrás lograrlo. Yo lo impediré, intrusa..."
Ancali, mientras tanto, había ido a descargar su llama.
De allí volvía cuando lo alcanzó un muchacho que lo llamaba pues su padre deseaba verlo. Al pasar junto a Vilca, le dijo:
-Mi padre me llama. En cuanto pueda, volveré. Tengo deseos de conversar contigo. Hasta luego.
-Hasta luego, Ancali. Aquí estaré esperándote.
No creyó encontrar así a su padre. Estaba muy débil y su aspecto, su palidez y su falta de energía, decían bien a las claras que estaba enfermo. Ancali, sorprendido y ansioso, le preguntó:
-¿Qué te sucede, padre? ¿No te encuentras bien?
-Así es, hijo mío. Las fuerzas me faltan... ¡Me siento tan débil!
-Pero ¿qué ha sucedido durante mi ausencia? No estabas enfermo cuando me fui...
-No... Tienes razón. De pronto me he sentido débil... Las piernas no me sostienen y creo que cada día que pasa estoy peor. Temo que nuestros antepasados me llamen a su lado al País de las Almas...
-¡Eso no puede ser, padre! Te habrás descuidado. ¿Tomas los remedios que te indicó Suri?
-Sí... hijo... sí -balbuceó el viejo curaca.
-No serán suficientes. Si es necesario llamaremos a otro machi...
-No... No habrá necesidad. Suri me cuida con esmero. Todos los días a la caída de la tarde y mirando los últimos rayos esconderse detrás del horizonte, tomo en presencia del hechicero la poción de hierbas que él prepara para mí... Pero ya lo ves, nuestros dioses quieren llevarme de la tierra y yo siento que voy a morir...
-¡No será, padre! ¡Te curarás!
-Se cumplirá la voluntad de nuestros genios tutelares; pero es necesario estar preparado. Por eso te he llamado, Ancali. Tú has de sucederme en el poder y no quiero morir sin que hayas elegido a la compañera de tu vida. Elige entre nuestras doncellas... Que sea buena y justa como tu madre lo fue... Sólo así te hará feliz y hará la felicidad de tu pueblo. Y yo moriré tranquilo...
-Padre, mi elección está hecha y sólo aspiro a tu aprobación -respondió Ancali-. Quiero a Vilca, padre, y si no me he animado antes a confesártelo, es que, por tratarse de una extranjera, temí tu desaprobación. Pero ahora sé que la quieres y que aprecias sus condiciones. ¿Conscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compañera? Es buena, justa y humilde. Es la única capaz de hacerme feliz. ¿Lo consientes padre?
-No sólo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo mío. Vilca es buena y afable y es hija de Quilla. Debemos sentirnos orgullosos de que nos haya entregado a su hija. Los dioses han querido favorecernos. Estoy muy contento con tu elección, hijo... Ve a buscar a Vilca... Quiero que conozca mi aprobación... Será necesario que la ceremonia se lleve a cabo cuanto antes... -terminó el curaca, desfallecido.
-No será tan pronto, padre. Antes quiero ir al Nevado de Pisca Cruz en busca de la raspadura de piedra de la cumbre, del lugar donde caen los rayos, que curará tus males. Vilca te cuidará durante mi ausencia y a mi vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me uniré a ella para siempre. mama Quilla nos protegerá desde el cielo. Voy en busca de mi novia, padre.
Al salir de la casa, Ancali se cruzó con Suri que llegaba, como todas las tardes, con la poción destinada a su padre.
En el horizonte, encendido en fulgores de incendio, el sol escondía sus últimos rayos.
Corrió Ancali en busca de su prometida. Cuando volvió con ella, feliz al poder realizar su mayor deseo, la presentó a su padre.
El anciano se hallaba tendido en el lecho, con los ojos cerrados, respirando con dificultad.
Desde un rincón en sombras, observaba Suri. Ancali tuvo un sobresalto. Su padre estaba peor que cuando él lo dejara hacía unos instantes. Vilca frotó la frente del anciano con hierbas aromáticas y el viejo cacique abrió los ojos. Después, con dificultad, levantó una mano y con voz desfallecida balbuceó:
-Que seáis felices, hijos míos. Que nuestros dioses os protejan...
Cerró los ojos nuevamente y recostó pesadamente la cabeza.
Vilca y Ancali se miraron consternados.
El hijo tomó una resolución:
-Quédate con él, Vilca. No te separes de su lado. Yo corro al Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que cura...
Al oír estas palabras salió el machi de la sombra y encarándose con los jóvenes, profetizó:
-Los dioses no están contentos, por eso quieren la muerte del curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la ira de nuestros antepasados. Alguien a quien debe haber enviado Zupay... ¡Ten cuidado, Ancali!
Con paso mesurado y una significativa mirada cargada de odio dirigida a Vilca, salió el hechicero.
-¿Qué ha querido decir el machi, Ancali? ¿Por qué me miró con encono? ¿Por qué sospecha que soy enviada de Zupay?
-Nada puedo explicarme -repuso consternado el joven-. Pero en cambio desconfío... Desconfío de Suri. Sus pócimas empeoran a mi padre. Creo que en lugar de buscar la salvación de su vida, trata de darle muerte. Y mi padre, en cambio, ¡confía en él! ¡Con qué fe sigue sus consejos y toma los brebajes preparados por él! Yo, por mi parte, he creído comprender que Suri nos odia... Pero, ¿por qué? -terminó ansioso.
-Ancali... escucha... Nunca quise hablarte de esto porque no hallé razón para hacerlo. Pero ahora es necesario que sepas... A quien odia el machi es a mí... Me lo dijo hace tiempo... para convencerme de que abandonara la tribu... Y me amenazó con males irreparables... de los que habría de sentirme culpable... No lo creí. Sin duda ha llevado la venganza contra tu padre por haberme admitido en sus dominios...
-¡Cómo es posible! -le interrumpió Ancali indignado-. ¿Qué razón puede tener?
-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades superiores a las suyas y desea arrojarme de aquí. El no ve con buenos ojos nuestro matrimonio. Cree que es la oportunidad que busco para ejercer luego mis poderes contra él y quiere vengarse en ti para que me arrojes de tu lado. ¡No permitas que continúe atendiendo al cacique!
-Tú confirmas mis sospechas... No abandones a mi padre mientras dure mi ausencia. Correré tan rápido como el venado y dentro de dos días, cuando Inti envíe sus rayos más cálidos a la tierra, estaré de vuelta con la piedra milagrosa que salvará a mi padre...
Se despidió Ancali y desde ese momento Vilca no se separó del anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre yacía inconsciente, mientras de sus labios brotaban palabras entrecortadas pronunciadas en el delirio.
La noche fue terrible. Entre estertores y gemidos pasó el enfermo sus horas.
Vilca, con el cariño y la suavidad que le eran propios, cubría la frente ardorosa con hierbas aromáticas.
Un rayo de luna penetraba por la abertura de la entrada.
A la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba. Su lucidez era completa y aunque se expresaba con dificultad, sus ideas eran claras. Llamó a la futura esposa de su hijo para decirle:
-Vilca, hija... ya puedo llamarte así porque te considero hija mía... Voy a morir... Lo presiento... Nuestros antepasados me llaman a su lado y mi hora llega. Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero que su gobierno sea justo... que no descanse hasta lograr la mayor felicidad y el completo bienestar de su pueblo... Ahora, hija mía, llama a Llamta. Es el más adicto de mis guerreros. Quiero morir mirando el cielo... Quiero que me lleven bajo los árboles...
Los deseos de Pusquillo se cumplieron. Entre varios fornidos guerreros lo transportaron fuera, colocándolo bajo la sombra de un añoso y corpulento chañar cuyas flores amarillas caían como lluvia de oro sobre el cuerpo del cacique.
Rodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas en el suelo para evitar que la muerte pasara.
Luego, el machi, presidiendo las ceremonias para rogar por la salud del curaca, invocó a Yastay, diciendo con voz monótona y dolorida:

Yastago, abuelo viejo,
perdone si le han hecho mal,
¡padrecito viejo, kusiya!
De inmediato, con tutusca y maíz bien yuto, amasaron una figura de guanaco, lo bañaron en chicha y lo cubrieron con hojas de coca.
Una vez así preparado, pasaron el pequeño guanaco por el cuerpo del enfermo haciéndolo con especial cuidado sobre la cabeza. Limpiaron con cunti la grasitud dejada sobre la piel del curaca por la figura del animalito, y una vez cumplido este rito, enterraron al pequeño guanaco en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique moribundo, y lo rociaron con abundante chicha. Mientras tanto, grandes orgías acompañadas por cantos y súplicas se realizaban en las proximidades de este sitio, ofrecidas a los dioses para que tomaran a su cargo la salvación del enfermo.
Al lado de éste se encontraba Vilca, que, como lo prometiera, no abandonó un instante al padre de su novio.
En el cielo temblaban las estrellas...
La respiración del viejo curaca era penosa y entrecortada. De vez en cuando un rictus de dolor se dibujaba en su rostro. Sus manos se crispaban sobre la manta que lo cubría, y sus labios resecos balbuceaban apenas:
-Agua...
Vilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba y valiéndose de un puco le daba de beber.
Así pasó la noche.
Al amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los oscuros tintes por los celestes grisáceos de la aurora; cuando la vida volvía a renacer, el alma del anciano cacique voló a la región de lo desconocido. Al aparecer los primeros rayos del sol, abriéndose camino en las tinieblas, Pusquillo murió.
Al mismo tiempo se oyeron estridentes gritos, alaridos podría decirse. Eran los súbditos del anciano curaca que así exteriorizaban su dolor.
Los plañideros contratados para el caso no tardaron en hacerse presentes, y a poco de llegar dieron comienzo a su obligación consistente en llantos ruidosos y tristes cantos, en los que se hacía referencia a las hazañas cumplidas en vida por el difunto, y se ensalzaba su obra, sus condiciones y sus bondades.
Cerca del cadáver, en una fogata encendida al efecto, quemaron hojas que despedían espesas columnas de humo.
Mientras tanto, hombres y mujeres, uniéndose al duelo, saltaban y danzaban a su alrededor.
Suri, con expresión maliciosa, observaba desde lejos, comprobando satisfecho el logro de sus deseos. Una parte de su venganza se había cumplido: el veneno, suministrado diariamente al cacique en pequeñas dosis, había surtido el efecto esperado.
Vilca, por su parte, pensaba desesperada en Ancali, cuyo viaje al Nevado Pisca Cruz resultaba inútil.
El sol, mientras tanto, enviaba los rayos que hacen madurar la mies y germinar la semilla. Y como siempre, junto a la muerte, vibraba la vida en un canto de fe y esperanza infinitas...
Dos días después regresó Ancali. Llegaba triunfante, después de haber arrancado a la cumbre mágica de la montaña el remedio maravilloso capaz de devolver a su padre la salud perdida.
Poco duró la expresión alegre de su rostro. Al acercarse a los alrededores de su pueblo, fácil le fue adivinar la tragedia ocurrida durante su ausencia y convencerse de la inmensa desgracia que lo había alcanzado. Su padre había muerto. No tenía necesidad de preguntarlo. Lo leía en los rostros amigos que lo miraban con compasión, en las bocas cerradas de la tribu que no se animaban a darle la fatal noticia.
Arrojó Ancali la chuspa que contenía las raspaduras de la piedra milagrosa y corrió al lugar donde yacía su padre muerto. Ya no le quedó ninguna duda.
El plañidero coro de las endecheras, con sus cuerpos envueltos en mantas de colores, continuaba relatando con cantos y sollozos las hazañas y glorias del difunto, mientras el resto de los presentes, incansables, seguía acompañando la ceremonia con danzas, saltos y alaridos de dolor. De vez en cuando, sobresaliendo del coro, se oía algún grito estridente destinado a conjurar a Zupay o a Chiqui, que sin duda rondaban por allí.
Frente al sepulcro preparado, colocadas en palos, estaban las ovejas asadas de las que se valía el machi para conocer el destino del difunto en el "país de los muertos".
Encontró a Vilca, tal como se lo prometiera, junto al curaca muerto.
Al llegar Ancali, cedió al hijo el puesto que le correspondía dirigiéndose ella a la orilla del arroyo que, con sus aguas, fertilizaba el valle. Se sentó en una piedra y quedó pensativa.
De su abstracción la sacó una voz conocida y repulsiva que le decía:
-¿Has venido a gozar de tu obra? ¿Tienes ya proyectos para el futuro?
Era Suri, que con todo cinismo acusaba a la inocente Vilca de la muerte de Pusquillo.
-¿Mi obra, has dicho? -preguntó a su vez, iracunda, la doncella.
-Tu obra, ¡sí! En una oportunidad te dije que si no abandonabas la tribu, la desgracia caería sobre los que te quisieran, y he cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si no abandonas estos lugares, te juro que te arrepentirás y cuando lo hagas, ¡será tarde!
-Nada podrás en contra de mí... Muy pronto seré la esposa de Ancali y él, como jefe, sabrá dar cuenta de tu osadía -respondió Vilca indignada.
-Ya sabré impedir que tus planes prosperen -dijo con sorna el machi, y agregó: Yo indicaré quién ha de suceder al viejo curaca, y no será por cierto Ancali como tú mal supones -terminó el malvado hechicero con una mueca desdeñosa.
Suri era muy respetado en la tribu. Los poderes sobrenaturales que se le reconocían hacían considerarlo un ser superior enviado por los dioses tutelares. Su palabra se oía con interés y sus consejos eran seguidos sin discusión.
Valido de estas prerrogativas, el terrible hechicero, siguiendo un plan trazado de antemano, dejó a Vilca para dirigirse a la casa de Anca, el más anciano y más respetado de los que formaban el Consejo de Ancianos, que era el que debía designar al nuevo jefe de la tribu.
Con palabra persuasiva y acento terminante, como si se tratara de la más cierta de las revelaciones, le dijo:
-A tu gran sabiduría e inigualada experiencia, quiero librar el secreto que me han revelado los astros. Una gran desgracia se cierne sobre nuestra tribu... Horas amargas tendremos que pasar, pues estamos a merced de una impostora que miente, diciéndose hija de Quilla para ser admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha descubierto su superchería y yo puedo decirte, ¡oh gran Anca!, que la extranjera miente. ¡Es una enviada de Zupay llegada para labrar nuestra desgracia! Por lo tanto, debe ser condenada a morir. ¡Si así no lo hiciéramos, los mayores malos acabarán con nosotros como lo ha hecho con nuestro gran cacique!
Impresionado por tales palabras, apresuróse Anca a convocar al Consejo de Ancianos que de inmediato resolvió condenar a muerte a la infortunada Vilca.
Nada se le participó a Ancali, temerosos de que se opusiera al designio de los astros por salvar a su prometida, y esa noche, cuando todo era quietud y paz en la tribu, los que debían hacer cumplir la pena, amparados por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa donde estaba descansando y la llevaron a la montaña en la cual le darían muerte, luego de cumplir ritos establecidos.
Una vez allí, buscaron una piedra alta y angosta a la cual la ataron.
De inmediato, a cierta distancia esparcieron hierbas olorosas y, mientras Suri hacía conjuros para alejar a Zupay, uno de los ancianos encendió las hierbas que desprendieron un humo denso de olor acre.
La infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba desesperados llamados a su prometido a quien pedía socorro.
La luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta escena desgarradora.
Suri, por el contrario, se sentía muy feliz. Todo sucedía de acuerdo a sus más íntimos deseos y a sus bien trazados planes. ¡Por fin iba a lograr la desaparición de la intrusa!
Sin embargo, no contaba el malvado hechicero con el cariño y el respeto que sentían por Ancali sus subordinados.
Uno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca. Volvía de acompañar hasta el límite de los dominios de Pusquillo al cacique de una tribu vecina venido para asistir a las ceremonias fúnebres del difunto curaca.
Al pasar cerca del lugar señalado para el sacrificio de Vilca, Guasca, favorecido por la luna que continuaba iluminando la escena, notó que algo insólito sucedía. Los angustiosos gritos de la doncella atrajeron su atención.
Se acercó cauteloso tratando de no ser visto y observó. Reconoció a Vilca, y al oír que se repetían sus desesperados llamados a Ancali abandonó el lugar, corriendo a avisar a su jefe.
Pronto estuvo ante él poniéndolo al tanto de lo que ocurría.
De inmediato partió Ancali al frente de varios guerreros que no lo abandonaban nunca.
Cuando llegó al lugar del sacrificio, los conjuros y las ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la cabeza caída sobre el pecho, lloraba su infortunio.
Corrió Ancali a librarla de las ligaduras y cuando ya la creyó salvada, una lluvia de flechas partió del grupo de verdugos de la hermosa y dulce Vilca.
Decididos, respondieron al ataque los jóvenes guerreros de Ancali y cuando descontaban la victoria, un grito angustioso de éste les indicó que su jefe había sido alcanzado por alguna flecha enemiga.
Así era en efecto. De la cabeza del intrépido muchacho manaba abundante sangre que Vilca trataba de restañar con sus manos cariñosas.
La vida huía por la herida abierta y Ancali comenzó a desfallecer.
Angustiada, un gemido brotó de la garganta de la infortunada doncella que se abrazó a su prometido como queriendo infundirle la energía que le faltaba.
Ese fue el momento que quiso aprovechar Suri para apoderarse de los jóvenes; pero cuando ya creyó tenerlos a su alcance, debió sufrir la más cruel de las derrotas.
Los cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y perdieron su forma humana tomando, en cambio, las de dos hermosos pajaritos grises, cuyas cabecitas blancas estaban adornadas con un llamativo penacho rojo, tan rojo como la sangre que manaba de la herida que la flecha traicionera causó a Ancali.
Aun así, Suri quiso tomarlos, pero las dos avecillas, abriendo las alas echaron a volar hasta posarse, muy juntas, en la rama de un tarco para entonar desde allí una melodía muy dulce, conjunción de amor y libertad que pobló los aires con armonías de cristal.
No desesperó el malvado Suri, y tomando el arco y las flechas arrojó una a las avecillas. Mas, ¡oh justicia de los dioses buenos!, la flecha mal arrojada se volvió contra el hechicero, incrustándose en su corazón y terminando con un ser tan perverso que sólo causó males entre los que le rodearon.
Mientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba el canto alegre de las nuevas avecillas...
La luna continuaba enviando a la tierra sus rayos de plata.
En esta forma, dicen los calchaquíes, nacieron los cardenales

El cardenal es un pájaro de tamaño mediano y de agradable aspecto que nidifica en los montes.
De plumaje compacto, tiene el lomo de color gris acero; el pecho y el abdomen, blanco ceniciento; la garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que el penacho de suaves plumitas en que ésta termina. Una línea blanca separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.
El pico es casi recto, fuerte, con la particularidad de tener el maxilar superior que sobresale del inferior.
Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola, larga y cuadrada.
Movedizo, ágil y vivaz, es muy cantor. Su canto, en forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable, y se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.
El nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo construye en los árboles y arbustos.
Los huevos son pardo verdosos con pequeñas manchas blancas.
Habita lugares donde existen plantaciones de árboles y arbustos.
Se alimenta especialmente de granos; pero come frutas, hortalizas, insectos y hasta carne.
Los guaraníes lo llaman acá pitá (cabeza roja).

Pusquillo: Cardón                                                          
Ancali: Hombre valiente        ¡Acchachay!:¡Qué hermosa!      
Vilca: Ídolo
Chasca: Lucero
Mama Quilla: La luna
Imilla: Doncella
Tanga: Toca usada por los hechiceros
Suri: Avestruz
Inca: Emperador
Anta: Cobre
Machi: Curandero, hechicero  


Tala, Mistol, Jarilla, Algarrobo, Guayacán, Chañar, Pacará, Yuchán, Samohú, Tarco: Nombres de árboles a excepción de la jarilla que es un arbusto
Alilicucu: Ave nocturna cuyo grito como un lamento causa un temor supersticioso
Cumbi: Tela muy fina, generalmente de vicuña, para confeccionar la ropa del Inca y de los nobles
Abasca: Tela burda usada en los vestidos de la gente del pueblo
Topo: Alfiler largo de plata terminado en uno de sus extremos con un disco trabajado en el mismo metal o cobre
Nevado de Pisca Cruz: Cerro que se halla al norte de Argentina.

          Vilca y Ancali
Kusiya: Ayúdame
Llamta: Leña
Cunti: Lana de alpaca
Tutusca: Grasa de pecho de llama
Yuto: Molido
Puco: Escudilla
Chuspa: Bolsa o talega
Endecheras: Plañideras
Chiqui: Divinidad de la fortuna adversa. La Fatalidad
Guasca: Soga.
Anca: Águila

     

15/01/2009

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19/08/2010